Campaña 1

1. ¿La típica aventura?
1. Resumen
2. El rescate I
2. El rescate II
2. El rescate III
2. Resumen

1. ¿La típica aventura?

Personajes:

Antic de Laur, Guerrero
Azael I, Hechicero
Harishka Boskal, Druida
Leyma, Pícara

 

Día 27 de Egiswen, mesana de las Flores
Año 7537, después de la Niebla de la Pérdida

El grupo de compañeros estaba por fin llegando a las inmediaciones de la Torre Inacabada. Les había hecho falta dos mesanas enteras para llegar desde Laúr, atravesando las Colinas de los Vientos. Hacía días que veían la torre desde lo lejos, y parecía que nunca llegarían, pero ahora estaban entrando en el claro desde el que se alzaba majestuosa hasta perderse de vista en las alturas. Estaba construida en un material marrón oscuro, y a pesar de los vientos y su altura, parecía muy sólida. Montones de ventanas de distribuían a través de toda su superfície, alternándose con una especie de cilindros que la atravesaban de forma transversal. A sus pies la desolación se extendía en forma de montones de huesos rotos cubiertos todavía de piel seca y de las pertenencias en mal estado de sus dueños. El silencio era desolador y, el mal olor, arrollador.

Los compañeros admiraban desolados la muerte que se arremolinaba alrededor de la torre. Un mal presagio. De repente, algo se escuchó en las alturas. Era un canto, triste y melancólico, entonado por una preciosa voz de mujer. ¿Quién estaba cantando, tal vez la princesa de la leyenda? Llamaron gritando con fuerza, pero nadie contestó.

Entraron en la torre y leyeron la advertencia que había escrita en una de las paredes: "Aquellos que a cualquier precio quieren alcanzar el arcoiris, se deberán enfrentar a las recias barreras de los Hombres de Roca." ¿Más leyendas? Los Hombres de Roca sólo aparecen en cuentos de niños.

Leyma dijo que había escuchado algo y todos callaron para prestar atención. Ahora se distinguía claramente un sonido en las afueras de la torre, aunque más que un sonido era un gran estruendo. Allí, sobre la montaña de huesos había un hombre que parecía haber tropezado y rodaba torpemente. Cuando se hubo levantado dijo:
- Buenos días, camaradas. Nael Piesplanos, Caballero de las fuerzas del bien, a vuestro servicio. ¿Van a explorar la torre? He escuchado que en ella hay una princesa prisionera, y vengo a salvarla del monstruo y solicitar su mano, pues dícen que es más bella que el amanecer...

Nael dejó de hablar y se quedó pensativo mientras por la comisura de los labios empezó a babear. En seguida pareció salir del trance:
- Hee, hee, hee... ¿les importa que les acompañe?

Con el corpulento Nael en el grupo, comenzaban el ascenso por la inmensa torre cuando el triste canto se escuchó de nuevo. Nael pareció sucumbir a los efectos de la canción y empezó a caminar mecánicamente, con la mirada perdida. Hicieron falta tres de ellos para echarle al suelo hasta que consiguieron sacarle de su ensoñación. Si no lo hubieran detenido se habría arrojado por el hueco del primer piso, cayendo desde una altura de unos veinte metros.

Tuvieron que resolver muchos acertijos y esquivar todo tipo de trampas para ascender por la torre. Cada piso era una nueva prueba más retorcida y maléfica que las anteriores. Quien quiera que fuese el que hubiera construido la torre no tenía intención de que el ascenso fuera fácil. El galante Nael ayudaba a las damas del grupo a superar las duras pruebas, aún a costa de su propia integridad física.

Cansados, consiguieron llegar hasta el octavo piso, donde había unas pocas habitaciones cubiertas de una espesa capa de polvo. Estaban descansando cuando oyeron un sonido de piedra proveniente de fuera de las ventanas de la torre. Rápidamente se asomaron. ¿Era real la sombra que acababan de ver saltando por los cilindros exteriores de la torre o su imaginación les traicionaba?

Continuaron la marcha, y no se detuvieron hasta llegar al onceabo piso. Allí, en un rincón de la sala, había una criatura que intentaba ocultarse contra la pared, sin mucho éxito. La asustada criatura era un enorme ser de piedra, y no permitía que nadie se le acercase. Finalmente Harishka hizo que confiase en ella, y el increíble Hombre de Roca les contó que se llamaba Rashramar y que llevaba mucho tiempo prisionero de la princesa en la torre. Para huir de ella había aprendido a utilizar los cilindros exteriores de la torre para desplazarse. Les dijo que ella se hallaba en el piso siguiente, y que era muy peligrosa. Muchos habían intentado luchar contra ella y ahora sus huesos descansaban al pie de la torre. Su apetito era voraz.

Harishka convenció a Rashramar para que les acompañara, y él se hizo tan pequeño como una roca que cupo en la palma de la mano de la pelirroja chica. Lo guardó en su mochila, con la condición de que no cambiara de forma hasta que no le sacase de allí.

Al parecer la lucha con el monstruo -que según el Hombre de Roca era la princesa- estaba muy próxima, tan sólo a unos escalones de escalera. Ascendieron en silencio hasta que el último de los compañeros atravesó la puerta del doceabo piso. Allí no había un rayo de luz, pues tampoco había ventanas. Encendieron una luz. Allí estaba la princesa, de espaldas, vestida con un precioso traje de volantes rosa y blanco. Cuando se giró admiraron su increíble belleza. Y empezó a cantar.

Harishka y Nael sucumbieron a su hechizo y empezaron a caminar lentamente hacia ella. El arco de Leyma empezó a silbar, la espada de Antic danzó y las manos de Azael se movieron frenéticas entre palabras mágicas. La princesa alzó sus faldas para liberar numerosas zarpas que caminaban como arañas por el suelo. Y entonces cambió, mostrando su verdadera cara. Su vestido desapareció, quedándo de él nada más que sucios jirones y, su rostro, parecía ahora el de una horrorosa serpiente.

Leyma saltó sobre Harishka tapándole la cara con su capucha y ésta despertó del hechizo de la princesa. Antic y Azael se ocuparon de casi todas las zarpas que entre arañazos y desgarrones intentaban tirarles al suelo. Fue entonces cuando Nael llegó hasta la princesa. Ésta, con mirada hambrienta, se tornó incorpórea y se introdujo en el cuerpo de Nael, que empezó a temblar con los ojos en blanco mientras su carne empezaba a menguar, poco a poco.

No podían herirla, pues si lo hacían herían al pobre Nael. Desesperados, abrieron los tres cofres que almacenaban los tesoros de la princesa. El primero contenía numerosas joyas y monedas de oro, que Leyma admiró con ojos desorbitados. Antic se dirigió al segundo, que contenía huesos. Fue cuando abrió el tercero cuando Azael vió esperanza. Contenía montones de antiguos pergaminos, y esperando que alguno fuese mágico comenzó a leerlos, consciente de que podía suponer la muerte de todos ellos. Tras leer el primero la sala se llenó de una espesa niebla. Acongojado, leyó el segundo, dirigiéndolo hacia Nael. Un rayo de color verdoso impactó sobre el Caballero, haciendo que gritando se desvaneciera.

El monstruo volvió a salir, y a pesar de que sus heridas se cerraban rápidamente, consiguieron vencerle. Estaban heridos y exhaustos, habían perdido a Nael y el tesoro de la princesa se desvaneció con ella, haciéndose de humo.

1. ¿La típica aventura?, resumen

Día 30 de Egiswen, mesana de las Flores
Año 7537, después de la Niebla de la Pérdida

Tras vuestro paso por la Torre Inacabada, todo parece mucho más tranquilo. Habéis acabado con el terrible monstruo que moraba en ella, vengando así a todas las víctimas que habían muerto en sus garras y desvaneciendo la falsa leyenda de la princesa atrapada. Pero no sin bajas de vuestra parte: el pobre Nael Piesplanos desapareció durante la batalla a causa de un desafortunado conjuro que pareció enviarle a otra dimensión. Salvándole la vida, por otro lado.
Después de todo lo pasado, no pudisteis conseguir ni una mísera moneda de oro del tesoro del monstruo, ya que parecía estar ligado a él de alguna forma y desapareció cuando ella lo hizo. Pero conseguisteis varios objetos de considerable poder que serán de mucha utilidad en el futuro incierto de aventureros intrépidos, sin duda.

Rashramar, el miedoso Hombre de Piedra, es ahora el único dueño de la Torre y estará encantado de ayudaros siempre que lo necesitéis. Se ocupó de precintar la entrada al piso 14, con tal de que mientras restauraba los pisos inferiores no hubiera ninguna desagradable sorpresa.

Respecto a nuestros aventureros...
- Leyma consiguió el testamento de su abuelo, que le había robado su traicionero amigo, y volvió a toda prisa a Laúr con tal de recuperar su herencia.
- Azael y Antic se quedaron en los aposentos de la torre del octavo piso, recuperándose de sus heridas y anhelando los tesoros secretos de los que Rashramar daba fe que existían en los pisos superiores.
- Harishka enterró, con ayuda de Rashramar, todos y cada uno de los restos de las víctimas del monstruo, que descansaban alrededor de la torre como un macabro trofeo de sus hazañas. Enterró con honores a sus dos compañeras en un claro tranquilo del bosque, donde cada día llegaba el Sol que daba la fuerza a su orden druídica. Un pensamiento le rondaba por la cabeza durante estos días: ir tras Nael para hacerle regresar de cualquiera que fuese su destino.

Leyma no regresó a la Torre, y el resto ya estabais recuperados de vuestras heridas e inquietos por poneros de nuevo en marcha. Cada uno de vosotros tenía en mente un destino diferente, pero Harishka no estaba dispuesta a que fuese otro que el que había seguido Nael. Ella opinaba que era lo mínimo que podíais hacer por él y estaba dispuesta, si hacía falta y la obligabais, a perseguiros toda la vida con su horrible canto tras vuestras orejas.
Antic se puso enfermo la última noche, le dio fiebre, así que decidisteis dejarlo en la Torre.

Las investigaciones de Azael indican que en alguna parte de la Torre ha de hallarse una gema mágica llamada la Gema de Cíos, capaz de abrir las puertas dimensionales que se hallan desperdigadas por el mundo y, por lo tanto, capaz de reabrir la puerta que su conjuro había creado.

El camino está claro: los misteriosos pisos superiores de la Torre Inacabada, en los que nadie sabe que peligros hay encerrados; y, después, el destino incierto que se halla al otro lado de la puerta dimensional.

2. El rescate I

Personajes:

Azael I, Hechicero
Harishka Boskal, Druida
Ipvo, Explorador
Danielle, Guerrero del Desierto

 

Día 30 de Egiswen, mesana de las Flores
Año 7537, después de la Niebla de la Pérdida

Después de que Rashramar, el Hombre de Roca, apartara la enorme roca que había colocado en la entrada del piso 14, los compañeros continuaron ascendiendo por la Torre Inacabada en busca de la Gema de Cíos.

El camino se dividió para el grupo, pues los poseedores de la sabiduría tuvieron que seguir por una escalera mientras que los poseedores de la fuerza tuvieron que hacerlo por otra. La torre se dividía en dos. Superaron pruebas retorcidas en las que los dos equipos tenían que colaborar para seguir ascendiendo. En el piso 15 había dos baúles sellados, no tenían las llaves para abrirlos. Al fin, al llegar piso 19 encontraron ambas llaves flotando en el crispado aire. Una sensación palpable de peligro flotaba en el ambiente.

Y cogieron las llaves. Y de los techos superiores empezó a caer una lluvia de arena tan fina que se metía en los ojos y las fosas nasales, y tan veloz que llenaba con rapidez el piso, amenazando con cubrirles por completo y ahogarles. Corrieron como el viento escaleras abajo, tan rápido como las piernas se lo permitieron. La arena les seguía los talones.

Nerviosos, se detuvieron para abrir los baúles. En ellos encontraron una pequeña gema verde y una varita mágica. Continuaron el descenso hasta llegar al piso donde Azael había hecho desaparecer a Nael, la pequeña gema reaccionó y una grieta de brillantes colores azules y verdes turquesa apareció en el medio de la sala. Fuertes crujidos inundaban los oídos de los aventureros y el aire se veía absorbido hacia el interior, como si quisiera tragárselo todo. Sólo tenían un momento para decidir antes de que llegara la arena y empezara a cubrirles de nuevo. Si no entraban no sabían cuándo podrían regresar, pues la arena lo cubriría todo, y si lo hacían no sabían dónde les conduciría la puerta. Finalmente la arena empezó a caer por la escalera y, con un grito de guerra, los compañeros se lanzaron al vacío...

La oscuridad les rodeaba. Ningún sonido se escuchaba, a excepción del repiqueteo distante de algunas gotas de agua. Hacía fresco, pero el ambiente era seco, y de la Gema de Cíos no quedaban más que cenizas en la mano de Azael. El camino de vuelta estaba sellado...

Rashramar rompió el silencio:
- Este sitio me resulta familiarr... hummm. Sí, me parrece que sí, aunque es diferrente ahorra. Crreo que estoy de nuevo en casa. Parrece natural, sí. Como la Torre fue constrruida con ayuda de nuestrro pueblo, es naturral que esté conectada de alguna forrma a nuestrro hogar. Estamos en el Plano Elemental de Tierra, mi tierra natal, mi hogar. Estamos cerca de Rirren, mi ciudad.

Los compañeros comenzaron a recorrer los oscuros túneles que se abrían en la tierra. Pero en seguida los detuvo un sonido metálico y un ruido de pisadas. Rápidamente, se lanzaron a la sala que tenían delante. Estaba vacía, sólo había una gran espada sobre el suelo, una espada que les resultaba familiar. La espada de Nael.

Intentando seguir el sonido de aquellas débiles pisadas, llegaron a una enorme sala llena de una arena tan fina que era capaz de tragarse a aquel que la pisara. Encontraron un sendero de rocas para cruzar, pero algo no iba bien, algo se movía en la arena. Un enorme gusano les atacaba sin cesar para hacerles caer, escabulléndose entre la arena tras cada ataque. Corriendo, aun a riesgo de resbalar, los compañeros llegaron a la otra orilla de aquel extraño mar.

De ese lado había unas ruinas, de un antiguo templo tal vez glorioso en una época anterior. Era fácil imaginar cuánta actividad había aquí cuando los fieles lo frecuentaban para adorar y traer ofrendas a la Diosa. Su imagen, representada en la estatua que vigilaba desde uno de los vértices del triángulo que formaba el templo, todavía resultaba impresionante pese a los estragos causados por el tiempo. Era una dama de apariencia sólida e implacable, cuya piel parecía rugosa como la corteza de un árbol en el cuerpo, y fina y tersa en el bello rostro. Su imagen transmitía una sensación de protección e integridad. Y si no fuera porque sabían que no podía ser, los compañeros hubieran creído que la gran estatua, secundada por otras cuatro más pequeñas, les estaba mirando con sus implacables ojos diciendo: no toleraré profanación alguna. A sus pies se hallaba un gran arcón de piedra y, agarrado a él, la estatua de un hombre vestido con una túnica.
Al adentrarse en la sala un temblor sacudió el suelo. ¿Un aviso de terremoto tal vez? Cesó rápidamente, y los compañeros se acercaron al gran arcón. Al pisar el escalon que lo precedía, las cuatro estatuas que lo rodeaban se pusieron a emitir un extraño canto que sólo escuchaban dentro de sus cabezas. Danielle abrió el arcón accionando un botón secreto que representaba el símbolo de la Tierra, y recogió todo lo que contenía: algunas gemas preciosas y un extraño medallón. Los compañeros, en breves segundos, empezaron a sentir que los miembros se les entumecían y, al mirar con más detenimiento, se percataron de que sus manos estaban tomando un color grisáceo y la solidez de la roca. Corrieron fuera del Templo, y poco a poco sus torsos solidificados y sus brazos empezaron a volver a la normalidad. Ahora sabían qué le había sucedido al hombre la túnica que estaba agarrado al arcón: no quiso dejarlo a tiempo y se transformó en piedra. Lo curioso era que a Hariska aquel canto mágico no le había afectado, tal vez su Deidad la protegía...

Deshicieron el camino andado, pues el Templo derruido no tenía salida, y tomaron otro túnel, esta vez hacia el norte. El túnel parecía diferente al resto, más pequeño y quizá excavado con utensilios en la roca. Tras unos minutos recorriéndolo, se escuchaban con claridad algunas pisadas. Enseguida fueron tan abundantes que creaban un ensordecedor estruendo.

- ¡Rápido, huyamos! -gritó Rashramar, que había dejado la forma de pequeña roca para volver a ser el gran hombre de piedra-. ¡Son la trribu Raie Sen!

Unos pequeños hombres grises con grandes barrigas salían corriendo hacia los compañeros llevando lanzas que parecían de juguete. Eran como un pequeño ejército desordenado que corría en desbandada. Corrían alarmantemente deprisa a pesar de sus cortas piernas, y sus bocas abiertas estaban llenas de pequeños y afilados dientes.

Los compañeros corrieron entre empellones por el estrecho túnel, pero de nada les servía, los pequeños hombres les darían alcance de un momento a otro. Rashramar se paró en seco. ¿Qué pretendía? Ante la atónita mirada de los aventureros, el Hombre de Roca cambió de forma hasta cubrir el pasadizo, cortándolo por completo. Les gritó que huyeran, que él les detendría cuánto pudiera. Rashramar parecía estar sufriendo, pero los compañeros corrieron a toda prisa por el corredor hasta que ya no escuchaban sus alaridos...

Derecha o izquierda. Tomaron el corredor de la izquierda. La sala tenía un abismo que la partía en dos. Al otro lado del vacío había una estatua metida en una fachada derruida de lo que pudo ser una iglesia. Era una mujer de alguna raza desconocida que con serenidad sostenía un cofrecito entre las manos. En él se podía leer una inscripción que rezaba: ‘Ira de cristal: aquel que desea demasiado acaba prisionero de sus propios designios’.

De nuevo escucharon el estruendo de pisadas tras ellos. Rashramar había dejado de contener a los pigmeos. Estaban atrapados. Saltaron el abismo y se refugiaron tras la estatua. Los pigmeos llegaron en horcajadas y los primeros cayeron y se perdieron en la oscuridad emitiendo pequeños gritos. Los demas intentaban saltar para cruzar el pozo, pero era demasiado ancho para ellos. Las lanzas volaban alrededor y chocaban contra las paredes. ¿Qué podían hacer? Fue Harishka la que tomó la iniciativa de tocar el pequeño cofre que había en las manos de la estatua. El cofre se abrió de par en par y Harishka se vio reducida a un puñado de arena ante los atónitos ojos de sus compañeros. Tras unos segundos de silencio, el cofre empezó a lanzar arena y más arena por el aire, creando poco a poco la forma de una persona. Cuando terminó, la forma élfica cobró vida. Se trataba de una persona joven que vestía una túnica sencilla de color marrón. Sus facciones, enmarcadas por una melena gris, eran angulosas y bien proporcionadas. Parecía estar sorprendido.

Ipvo, comprendiendo el funcionamiento del cofre trampa, cogió al vuelo a uno de los pigmeos que se lanzaban al vacío y, balanceándolo, lo estrelló contra el cofre, que reaccionó atrapándolo y liberando a Harishka. Fue entonces cuando Azael tomó el control de la situación. Utilizando la varita mágica que tenía en su poder, lanzó un conjuro en medio de la abalancha de pigmeos. Éstos dejaron de ser de piedra para transformarse en barro, y todo quedó cubierto en unos instantes cubierto de pegajoso lodo. Los pigmeos que seguían avanzando por el corredor huyeron despavoridos ante esa visión, y los aventureros se quedaron sentados digeriendo todo lo que les había ocurrido en tan poco tiempo.

El elfo del cofre se llamaba Casselhor'Vir, y llevaba más o menos trescientos años encerrado en ese cofre trampa. Era un sacerdote de la Diosa de la Tierra que había venido a hacer investigaciones, acompañado por un hechicero poderoso capaz de viajar entre planos. El hechicero era el que habían visto convertido en piedra en el Templo al que habían ido momentos antes.

2. El rescate II

Tras recorrer durante varios minutos los intrincados corredores se dieron por vencidos. No encontraron ni rastro de Rashramar, quizá los pigmeos habían acabado con él.

Recorriendo los túneles, vieron en más de una ocasión que algo se ocultaba tras los recodos de roca. A veces, cuando la pequeña criatura se arrastraba rápidamente, les parecía ver que llevaba puesto algo que quizá podría ser una máscara, aunque mucho distaba de parecerse a una.

Finalmente, consiguieron acorralar a la criatura en lo que parecía ser su madriguera. Era un pigmeo, pero a diferencia de los otros estaba solo y no parecía agresivo, sino asustado. Tras mucho mediar y no poder sacarle de los pequeños túneles por la fuerza, Danielle le ofreció las gemas preciosas que había obtenido del arcón del templo en ruinas, y el cambio fue instantáneo. Las miraba con entusiasmo, era obvio que las quería, y empezó a acercarse. La máscara que cubría su cabeza era muy rudimentaria, lo único que dejaba ver eran sus ojos. Por fin tomó gemas y las devoró con fruición, esmeraldas y rubíes de gran tamaño desperdiciados...

- Vosotrox no parecéix malox, no como lox otrox -dijo el pigmeo-. Ellox son malox con Raie Lu y Raie Lu no ha hecho nada malo. Raie Lu ex bueno, sí, ex bueno. No como lox otrox Raie Sen, no como ellox, no como ellox. Son unox barrigonex y unox comemocox. Tampoco ex malo como lox gigantex, no, no, no, no, no. Ni como lox barbudox, lox que vinieron hace dox díax. Raie Lu nunca había visto a uno como el otro que iba con ellox, no sabía que era, pero ahora sabe, ahora sabe. Era como vosotrox, eso ex, como vosotrox. Ni gigante ni normal, pero máx grande, como vosotrox. Raie Lu vio mucho max, je, je, je, je… pero ex su secreto. Raie Lu ex listo y astuto, sí, sabe pasar desapercibido. Raie Lu silencioso, no como esox ruidosox suciox barrigonex.

Danielle le dio otra gema y Raie Lu continuó hablando:

- Muy bien, como habeix sido buenox con Raie Lu, Raie Lu ox contará su secreto. Raie Lu comía un sabroso gusano de los techox cuando escuchó mucho ruido. ¡BUM, TAC, TACTACATAC! Je, je, je, je, je… Raie Lu ex listo y fue a mirar qué ocurría. Estaban luchando en la puerta de la ciudad de lox gigantex. Esox nuevox pequeñox, lox barbudox, querían entrar por la fuerza, rompiendo y triturando roca y piedra, pero no sabían que lox gigantex son fuertex. Pequeñox tontox, no saben esconderse como Raie Lu sabe de lox gigantex malox. Al final se fueron corriendo por el camino de la llorona, pero dejaron al otro atrax. Raie Lu nunca había visto a uno como él, ni gigante ni pequeño. Pero ahora ha visto, ex como vosotrox. Se lo llevaron lox gigantex, pobre, pobrecito. Lox gigantex son malox, le harán cosax malax: trituran cabezax, machacan huesox. ¡Malox, malox! Raie Lu fue rápido y silencioso, recogió lo que se le cayó al suelo al gigante jefe en la lucha. Nadie se dio cuenta. Raie Lu listo, je, je, je… Mirad que bonito -sacó un disco de cristal rodeado de un aro de piedra-. Raie Lu ox lo regala por ser buenox con él. Raie Lu tiene máx cosax bonitax, no lo necesita.

Al parecer los gigantes tenían a Nael. Gigantes... ¡Hombres de Roca! Según dijo Rashramar la ciudad no quedaba lejos, y ahí debía estar Nael. ¿Pero quienes serían los barbudos pequeños? ¿Y por qué intentaban entrar en la ciudad por la fuerza?

Al fin abandonaron las cavernas para llegar a una enorme cavidad en la que un gigantesco vacío se veía cruzado por una serie de pasarelas de piedra. Se ramificaban de manera que la primera se dividía en dos, luego en cuatro, y finalmente en ocho que se convertían en escaleras que daban acceso a un nivel superior.

Azael empezó a cruzar por una de las ramificaciones de la pasarela, y cuando su pie entró en contacto con ella todo su cuerpo se convirtió en piedra ante la atónita mirada de sus compañeros. Ipvo recordó entonces el medallón que Danielle había conseguido de las ruinas del templo, y se lo colocó a la estatua de Azael. No pasó nada. Se lo colocó sobre el cuello, y también él se convirtió en piedra. Esto era de locos, ¿el medallón también convertía en piedra?

Los demás tenían los nervios crispados. Danielle, harto de todo esto, retiró el medallón a Ipvo y se lo puso rápidamente. No ocurrió nada, excepto que se sintió extrañamente reconfortado y fortalecido. Entonces a Harishka se le ocurrió utilizar el disco de cristal. Miró a través de él, y vio que todas las pasarelas se veían en gris, un gris pétreo, excepto dos. Caminó por una de ellas y llegó al nivel superior sin sufrir ningún daño. Los demás la siguieron.

Enfrente de una extensa pared había un diamante gigantesco del que sólo la mitad sobresalía del suelo. Parecía haber señales de una batalla reciente, había profundas marcas hechas con algún objeto contundente sobre las columnas y las paredes. El inerte cuerpo de un enano de piel y pelo gris descansaba sobre el suelo, cerca de un montón de tierra compacta y agrietada.

- Un enano duergar -dijo Casselhor-. Son los enanos malignos que viven en las entrañas de las montañas. ¿Pero qué hacen aquí? Nunca supe que hubiera enanos duergar en el Plano de la Tierra. Qué extraño...

Sobre el diamante había tres símbolos grabados. Harishka volvió a mirar a través del cristal del disco y presionó el que no se veía gris. La pared a sus espaldas comenzó a abrirse, revelándose como unas inmensas puertas. Tras ellas había una ciudad.

La ciudad hervía con el bullicio de los atareados hombres de roca, que iban de aquí para allá con sus quehaceres. La arquitectura era lo más impresionante que los compañeros habían visto en sus vidas: espacios enormes, muros de asombrosa geometría y árboles de piedra que daban como fruto piedras preciosas de todo tipo. En medio de la ciudad se alzaba una torre gigantesca, coronada por un sol artificial con forma de diamante. No entendían como semejantes construcciones se mantienían en pie.

Cuando los hombres de roca se percataron de su presencia les miraron con sombro y sus caras se oscurecieron con una sombra de resentimiento. Les rodearon. Parecía que cada hombre de esa raza estaba hecho con un mineral diferente, unos brillaban como el cristal de los rubíes, otros eran negros como una noche de carbón, duros como el metal o frágiles como los diamantes. Enseguida uno de ellos, más grande y soberbio que el resto, que parecía estar formado de bronce viejo, se acercó a ellos. Se llamaba Ranrer. Los antiguos resentimientos que esta raza tuviera con la raza de los humanos estaban todavía vivos en el recelo de su mirada.

Tras una tensa conversación con él, descubrieron que Nael se encontraba enjaulado en la plaza del mercado. Lo apresaron cuando lucharon contra un grupo de enanos duergar que quiso entrar a la ciudad por la fuerza, destruyendo las puertas de piedra. Desde entonces era su prisionero. Los compañeros consiguieron hacer que confiase un poco en ellos, lo suficiente para que les contase que los enanos se habían asentado en las vetas de minerales que servían de sustento a los hombres de roca y que si los enanos extraían el mineral hasta llegar a su corazón las matarían y no volverían a crecer. Y sin ellas los hombres de roca se tendrían que marchar de aquí en busca de otra fuente de sustento o morir de inanición. Los enanos tenían algún tipo de magia que destruía la piedra, y por eso los hombres de roca no se atrevían a enfrentarse con ellos.

Los compañeros les propusieron un trato, a cambio de eliminar la amenaza de los duergar ellos les devolverían a Nael. Ranrer aceptó, restauró los cuerpos de los compañeros transformados en piedra, les dio acceso vigilado a la ciudad y les indicó el camino para llegar a las vetas, a través del Túnel de la Llorona. La llorona era una niña inofensiva a la que no debían hacer caso.

Los compañeros se quedaron a explorar la ciudad en busca de útiles y enseres. Visitaron al pobre Nael, que se encontraba herido, desnudo y desatendido, pues no le habían dado ni agua ni sustento desde que lo apresaran. Los compañeros se ocuparon de darle lo que necesitaba y de exigir un mejor trato para él. Pronto se dispondrían a partir hacia las vetas...

2. El rescate III

Explorando la ciudad los compañeros encontraron un mapa de la misma, en él aparecía una zona subterránea que se hallaba bajo la cascada donde vivían los saurios. Esas criaturas eran descomunales reptiles de piedra que al parecer los hombres de roca utilizaban a modo de montura. Fue Ipvo el que sobornó al guardia de la verja y se adentró bajo las peligrosas aguas para llegar al cubil de los saurios y explorar lo que allí había. Encontró, rodeado de los huevos de los animales, una extraña caja que emitía un suave calor y, esquivando de nuevo a los reptiles, salió de allí con ella. La caja estaba cerrada y no consiguieron abrirla porque para hacerlo necesitaban la llave de su cerradura.

El Túnel de la Llorona... Una serie de laberínticos túneles de cristal que variaban de forma con el tiempo y cuyos reflejos eran capaces de confundir hasta aquél con el mejor sentido de la orientación. Partieron de Rirren al cabo de unas horas y se adentraron en esos túneles, donde habitaba la niña que llamaban la Llorona. Los hombres de roca les habían dicho que era inofensiva, que la ignoraran. No llevaban ni cinco minutos allí cuando escucharon el llanto de una niña. Azael propuso seguir el llanto para ver qué quería la niña, si es que el llanto era suyo, y los demás aceptaron. Llegaron hasta una sala circular donde una niña lloraba desconsolada dentro del reflejo de una de las paredes. Decía que nadie quería jugar con ella, que estaba muy sola y se sentía triste y abandonada... hasta que Azael le dijo que él jugaría con ella, entonces su cara se tornó malévola y la entrada a la caverna desapareció. El juego era el siguiente: les propondría un acertijo y si ellos lo superaban ella les mostraría el camino al otro lado de las cavernas, si no... Casselhor debería darle la mano y ellos se quedarían a jugar con ella para siempre.

Los compañeros no acertaron el acertijo, y Casselhor se acercó a darle la mano, aunque antes preguntó a la niña el por qué de su encierro en los reflejos de las cavernas de cristal. Ella contestó que fue la Diosa de la Tierra la que lo hizo, pero que no se merecía tal castigo. La niña fue, al parecer, princesa de un próspero reino que existió cerca de aquí. Todo iba bien y eran felices, podían ir a todas partes menos a las Cavernas de Cristal, pues se decía que su belleza era tal que la mismísima Diosa de la Tierra paseaba por ellas. La niña desobedeció y se adentró en las Cavernas para admirar su belleza, y al parecer se topó con la Diosa que paseaba por allí. Fue tal la ira que se despertó en su interior que provocó, casi sin querer, el mayor terremoto jamás visto, haciendo que todo se viniese abajo y que aquella civilización dejase de existir. Como castigo encerró a la niña en los reflejos de las ruinas de las cavernas de cristal, hacía ya cientos y cientos de años.

Al escuchar todo esto, Casselhor’Vir, sacerdote de la Diosa de la Tierra, se quedó estupefacto. Tocó el cristal donde la niña posaba su mano y lo atravesó. Sus manos se entrelazaron y la niña abandonó su cárcel. Pero algo extraño pasó, porque la niña empezó a envejecer a una increíble velocidad hasta que no quedó de ella más que polvo. Casselhor no podía comprender que su Diosa fuera tan cruel y, con un extraño brillo, su símbolo sacerdotal perdió su color. Había perdido su fe.

Tras perderse varias veces por los túneles de cristal, los compañeros llegaron finalmente al emplazamiento de las vetas de minerales. De allí era de donde los hombres de roca obtenían su sustento y donde se suponía que los malvados enanos duergar se habían aposentado para extraer el mineral, y darían muerte a las vetas si llegaban hasta su corazón.

Desde la entrada no vieron nada, pero oían gritos desesperados. En unos momentos un enano duergar se les estaba echando encima a toda velocidad, aunque había algo extraño en su actitud: no parecía venir hacia ellos con la intención de atacarles, sino más bien parecía huir desesperadamente. No tardaron en descubrir de qué huía. Un gigantesco gusano se abalanzó sobre el enano y lo engulló de una sola vez delante mismo de sus narices. El gusano, a pesar de estar aparentemente ciego, les detectó de inmediato y los compañeros, muertos de miedo, huyeron de vuelta a Rirren. Pero era demasiado rápido y les alcanzaría en unos minutos, así que Casselhor se detuvo en uno de los túneles para impedirle el paso empuñando su escudo. Ipvo le pidió que no se detuviera, que era un suicidio, pero no escuchaba. Desde que había perdido su fe nadie le había animado ni consolado y ahora había decidido inmolarse en beneficio del grupo. A una palabra mágica un campo de fuerza se extendió desde el escudo de Casselhor ocupando todo el ancho del pasillo. El gusano se estampó con estruendo contra él y lo embistió una y otra vez mientras los compañeros huían hasta llegar a Rirren dejando a Casselhor atrás.

Poniendo al día a los hombres de roca consiguieron liberar a Nael Piesplanos, pues técnicamente habían cumplido con su parte del trato de deshacerse de los enanos duergar. Un gusano gigante no entraba en el acuerdo y ellos lo sabían, a pesar de que imploraron la ayuda del grupo. Finalmente los compañeros accedieron a hacer lo que pudieran a cambio de apropiarse de unas cuántas gemas de las vetas una vez solucionado el problema, así que se dirigieron de nuevo al lugar del desagradable encuentro.

Allí no quedaba ni rastro de Casselhor: ni sangre, ni ropa, ni gusano. Tampoco encontraron nada en la caverna de las vetas, a excepción del descomunal agujero por el que debía de haber entrado el gusano y de dichas vetas. Había todo tipo de minerales: rubí, esmeralda, ópalo, diamante, obsidiana, carbón, hierro, oro, plata, cobre, etc., y una veta de un maravilloso mineral verde brillante que reconocieron como gema de cíos, la gema que abría los portales dimensionales, la llave de vuelta a casa.

Fue cuando intentaban arrancar desesperadamente un pedazo de gema de cíos de la veta cuando el gusano emergió del agujero. Azael transformó el suelo en lodo haciendo que ganaran algo de tiempo, pero no fue suficiente. Además, el gusano no venía solo, le acompañaban otros gusanos que, aunque mucho más pequeños –del tamaño de una persona–, no eran menos peligrosos. Luchando como leones, los compañeros pusieron a raya a los gusanos mientras intentaban arrancaban el mineral sin mucho éxito. Finalmente, una esquirla saltó. Azael la cogió y al acercarse al lateral de la sala una luz chisporroteó y un portal se abrió aspirando el aire. Azael quiso comprobar a qué lugar llevaba el portal antes de arriesgarse a cruzarlo, así que dejó la esquirla en el suelo y se asomó, pero el portal lo aspiró con violencia arrojándolo del otro lado. Cayó sobre un suelo verde cubierto de hierba, rodeado de árboles, desde unos cinco o seis metros de altura.

Los compañeros vieron desaparecer a Azael por el portal, pero siguieron combatiendo a los gusanos con la esperanza de vencerlos. En la lucha, uno de ellos, de color violeta y dotado de unas pequeñas alas, se escurrió por el portal sin que nadie pudiera evitarlo. Azael observó horrorizado como caía a su lado y empezaba a hacer un agujero con la boca.

No fue hasta que los compañeros vieron que un nuevo gusano gigante aparecía a sus espaldas cuando decidieron lanzarse por el portal. Uno tras otro lo cruzaron, y el último de ellos se llevó la esquirla con él, que se pulverizó en el proceso. Mataron a uno de los pequeños gusanos blancos que había cruzado también el portal, pero el gusano violeta ya se había adentrado en las profundidades del subsuelo...

2. El rescate, resumen

Día 31 de Egiswen, mesana de las Flores
Año 7537, después de la Niebla de la Pérdida

Tras cerrar tras vuestros pasos el portal dimensional, os sentís mucho más tranquilos. Al menos ahora parece que no acabaréis devorados por un sucio gusano gigante.

El balance no ha sido del todo malo, pero tampoco del todo bueno, no nos engañemos:

- Habéis rescatado a vuestro feliz compañero Nael Piesplanos, que os estará siempre infinitamente agradecido con su peculiar forma de reírse. De momento, como muestra de agradecimiento, seguirá vuestro mismo camino. Nunca dejaría a una damisela como Harishka Boskal sin protección, por supuesto.

- Desconocéis la suerte de corrió vuestro amigo Rashramar. Protegeros de los Raie Sen fue la última acción que hizo en vuestro favor, pero queréis pensar que tal vez haya sobrevivido y campe de nuevo con los suyos en Rirren, la ciudad de los hombres de roca. Aunque, siendo realistas, lo más probable es que acabara como cena de aquellos horribles pigmeos come piedra.

- Casselhor’Vir, el guapo sacerdote sin fe de la Diosa de la Tierra, se sacrificó por vosotros para protegeros del gusano gigante y siempre le tendréis en vuestras oraciones aunque, en realidad, no tenéis la certeza de qué es lo que ocurrió con él. Pudo tragárselo el gusano, pero si tenía un medio como aquel escudo para protegerse, quizá también tuviera algún otro tipo de magia para salvarse. Quizá nunca lo sepáis.

- Los Hombres de Roca se quedaron con su “pequeño” problema, esperáis que consigan solventarlo por ellos mismos. ¿Quién sabe? Quizá algún día, con otra gema de Cíos, podáis usar de nuevo el portal de la Torre Inacabada y ver con vuestros propios ojos qué ocurrió.

- El gusano violeta sigue bajo tierra y todo parece indicar que, si no conseguís darle caza, ocurra algo no demasiado deseado para las gentes del lugar en un momento u otro de sus vidas.

Ahora os encontráis en un bosque a plena luz del día y ya se acerca el atardecer. Os sentís reconfortados por el aire nuevo y por la luz, dejando atrás las frías y oscuras cavernas del Plano Elemental de Tierra. A vuestros pies yace el agujero que ha hecho el gusano violeta, del que se desprende una intensa humareda por el fuego que Harishka Boskal ha encendido para hacerlo salir. Es claramente visible para cualquiera que ande por aquí, así que si no sabéis dónde os encontráis, probablemente pronto lo sepáis.

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