Campaña 2

1. La Corona Negra I
1. La Corona Negra II
1. La Corona Negra III
1. Resumen

1. La Corona Negra I

Personajes:

Ilmuriel Haftemhat, Sacerdote de Aknaliss
Radric, Guardabosques de la Orden de la Bellota Roja
Nervine, Ladrona de los Bosques
Arkzadhel, Hechicero de la Orden del Fuego Azul y Sacerdote de Ygnalos

 

Nuestro recién iniciado grupo de aventureros llegó a la Torre Inacabada tras dos mesanas de viaje, ya hacía algunas horas que la veían alzarse majestuosa en el horizonte. Estaban llenos de las esperanzas e ilusiones de las aventuras que están al llegar. Los ojos de Nervine, la ladrona, tenían en su fondo el inconfundible brillo de las riquezas perdidas que desean ser encontradas.

Pero cuando estaban a punto de llegar a los pies de la torre, un misterioso fogonazo color turquesa emanó de las ventanas del treceavo piso. Tras un breve silencio, un siseo llenó el aire. Asombrados vieron cómo de las ventanas de los pisos superiores de la torre caían cascadas de fina arena que el viento arrastraba hacia el norte. En poco tiempo la entrada quedó enterrada y, con ella, las ilusiones del grupo.

Esperaron largos minutos pero la arena no cesaba. Entretanto investigaron los alrededores de la torre, y descubrieron que estaban plagados de tumbas.

– Qué extraño... –murmuró Arkzadhel mientras miraba alrededor–. Parecen recientes. Hay cientos. Tal cantidad de muertos sólo puede haberse producido en una gran batalla, pero no hemos visto ni oído nada en todos estos días mientras nos acercábamos.

De repente un grito llenó el aire. Provenía de muy alto, entre las nubes. Los compañeros, excepto Arkzadhel, corrieron a esconderse bajo la seguridad de los árboles del bosque temiendo que una feroz criatura alada les fuera a dar caza. Pero tras unos minutos, sólo un águila llegó surcando los cielos. Era Viento, una de las águilas mensajeras de la Orden del Fuego Azul –la orden de hechicería de Arkzadhel–, que traía un mensaje para él:

Debes saber que me perturba profundamente tener que molestarte cuando estás en tu primer viaje a tierras lejanas, pero no lo haría de no ser necesario. Todos tus compañeros de la Orden están ocupados en este momento y a mí me atan muchas cuestiones a Circania. Sin embargo, el asunto que aquí trataré me inquieta en demasía como para dejarlo pasar más tiempo.
Intentaré ser breve. Hace una semana exacta que enviamos a tu compañero Dorthin Velasmar al Observatorio Lunar de las Montañas Medas a recoger unos informes Astrológicos de suma importancia. Sabemos que llegó allí el octavo día, pero hace dos días que no sabemos nada de él, no ha vuelto a enviar ningún mensaje. Francamente, como sabes, esto no es propio de ninguno de los nuestros y, además, los Sacerdotes de la Diosa Blanca tampoco pueden contactar con sus compañeros del Observatorio.
Nunca me ha gustado emitir juicios prematuros y no voy a empezar ahora, pero este asunto es demasiado extraño, demasiado... cómo decirlo, inverosímil. Alrededor de cincuenta personas no pueden desaparecer de la noche a la mañana. Quiero que vayas al Observatorio Lunar, pero quiero que pases antes por los Montes de la Niebla para recoger algunos objetos que he mandado para ti. Sé que vas con camaradas, así que les pagaré para que te acompañen, pueden recoger en el paquete cincuenta monedas de oro, y se les entregarán cincuenta más a su regreso.
Debes acudir al Primer Refugio, donde te estará esperando la noche del cuarto día a partir de hoy Liana Marmathar para entregártelo todo. No tardes, este asunto es de suma importancia. En el reverso de esta hoja tienes un Conjuro que te llevará a Laúr en unos segundos, es todo cuanto puedo hacer. No olvides que tú y tus compañeros debéis cogeros de las manos antes de recitar el Conjuro, de lo contrario llegarías solo. Ten mucho cuidado y mándame un mensaje con Viento. Ella regresará contigo más adelante para que puedas mandarme más mensajes, para llamarla ya sabes lo que tienes que hacer: ilumina el horizonte.

Atentamente,
Jinsard Fuego Azul

Debía regresar a Brangart para esclarecer el extraño acontecimiento, ¿algo ocurría en el inexpugnable Observatorio Lunar? Entendía que a ser posible regresara acompañado por su grupo de compañeros para que le ayudasen, así que se lo propuso, y tras escuchar la recompensa decidieron aceptar. Total, al parecer no podrían entrar en la Torre Inacabada.

– ¿Nadie responde en el observatorio? –preguntó Ilmuriel preocupado. Él había dejado el observatorio tan sólo hacía cuatro mesanas atrás para salir de viaje con sus compañeros, recién conseguido el grado de iniciado en el sacerdocio de Aknaliss. Por entonces todo andaba bien allí–. Mis compañeros nunca cortarían el contacto con los demás sacerdotes de Aknaliss que residen en Circania. Eso no es normal. Esto no augura nada bueno... Deberíamos partir cuanto antes.

Incrédulos y desconfiados, los compañeros recitaron el conjuro de la carta y aparecieron casi instantáneamente a las puertas de la ciudad de Laúr. Parecía mentira, cuatro mesanas de camino en tan sólo unos segundos.

– Qué increíble, ¿no? –afirmó satisfecha Nervine mientras admiraba la ciudad y recordaba la cantidad de bolsillos que habría un día como hoy en el gran Mercado Herbal.

Comprando todo lo necesario para el viaje, el grupo acabó en el gran mercado. Allí había todo tipo de gente entre todo tipo de objetos, sobretodo hierbas. Y mientras caminaban observaron a un grupo de feriantes que hacía las delicias de los transeúntes. Incluso tenían a algún hechicero entre sus actores, puesto que tales efectos especiales no eran comunes. En estas cosas pensaba Arkzadhel cuando se percató de que entre el público había algunos ladronzuelos que, aprovechando la distracción, se apropiaban de sus bolsas. ¿Tal vez estuvieran de acuerdo los feriantes con los ladrones? Sin pensarlo un instante se dirigió al ladrón más cercano y lo cogió por el brazo, sin saber que Nervine también andaba por ahí hurgando en algún que otro bolsillo.

– Te gusta robar a esta pobre gente, ¿eh? –le increpó.

– ¿Qué hace? ¡Suélteme! –protestó el ladrón, forcejeando. La gente se apartó.

– ¡Os estaba robando! –gritó en defensa propia ante las miradas de extrañeza del populacho–. ¡Y aquí está la prueba! –arrancó de su mano una bolsa de monedas y se la devolvió a su dueño–. Ahora ven conmigo, voy a avisar a la guardia.

– ¡No!

El ladrón se soltó y empuñó una daga con una amenaza latiendo en la mirada. Arkzadhel entornó los ojos al entrar en trance mientras alzaba una mano en dirección al ladrón:

¡Lummínaio afseos!

Una luz pura brilló en los ojos del ladrón antes de que soltara la daga y se lanzara al suelo gritando que se había quedado ciego. Acto seguido Arkzadhel dio con un guardia y le obligó a llevarse al maleante.

– No me parece nada bien que hagan la vista gorda frente a los hurtos que aquí se llevan a cabo, ¿me escucha? Quiero que sepa que voy a dar queja de esto a sus superiores.

– Tenga –respondió el guardia impasible. Le había dado un pergamino sellado por los Señores Feudales del Norte, canjeable por unas monedas de oro. Un tributo a su buena acción. Pero aquí ocurría algo, ¿la guardia haciendo la vista gorda ante estos feriantes ladrones? Tendría que investigarlo más adelante, así que se apresuró a tomar nota de ello en su diario de viaje.

La actuación de los feriantes ya había acabado y el tumulto se había dispersado para volver a acumularse en los puestos del Mercado Herbal. El grupo, acompañando a Arkzadhel, fue a un puesto de la guardia a canjear el pergamino sellado que había conseguido. Efectivamente le recompensaron con unas monedas de oro, pero nadie quiso contestar a sus preguntas y el superior o no estaba o estaba ocupado.

Dejando la cuestión para más adelante, decidieron acudir al gremio de mercaderes para ver si algún carruaje partía rumbo a Circania esta mañana y así ahorrarse la caminata a pie hasta los Montes de la Niebla, ya que no tenían dinero como para comprar unas monturas. Un hombre barrigón y bastante desagradable les atendió en el mostrador.

– Deseamos saber si hay algún carro que parta en breve hacia los Montes de la Niebla, en dirección a Circania. ¿Sería posible que nos llevasen hasta allí? –preguntó Arkzadhel con visible irritación, pues desde que había llegado el hombre ni le había dirigido la mirada. Sólo tenía ojos para la belleza élfica que era Nervine. Más concretamente para los suculentos pechos, que cualquiera hubiera dicho que se le antojaban como deliciosos pasteles de nata y chocolate.

– No, hoy no parte ninguna mercancía –respondió con creciente interés hacia Nervine.

– ¿Seguro? Necesitamos transporte –Arkzadhel hizo sonar su saco de monedas.

– Seguro, no parte ningún carro hoy, ya se lo he dicho. Los mercaderes están reunidos discutiendo sobre la amenaza de los bandidos.

– Deje de mirar a mi compañera así –le espetó Arkzadhel sin poder contenerse más. Nervine miró la escena asombrada, había estado distraída mirando su equipaje y no se había dado cuenta de las miradas del mercader.

– ¿Mirar a su compañera? No sé de qué me está usted hablando. Será mejor que se marchen.

– ¿Seguro que no hay ningún carro que pueda llevarnos a los montes? –preguntó Nervine, que se había dado cuenta de lo que ocurría.

– Bueno... déjeme pensar. Si me acompañara a hablar en privado a la sala contigua, tal vez pudiéramos aclarar la cuestión. A solas... –sugirió el mercader.

– De acuerdo –afirmó la elfa mirando inquisitivamente a Arkzadhel.

– Acompáñeme –el mercader dejó el mostrador para escoltar a Nervine hacia la puerta que debía dar a la sala contigua colocándole el brazo por la cintura.

Nervine sintió repugnancia por aquel hombre, vio la grasa de su barriga moverse como gelatina y el sudor que resbalaba por su frente. Sintió como el hedor que desprendía impactaba en su fino olfato. Y se arrepintió.

– ¿Sabe qué? Mire, lo he pensado mejor y creo que será más adecuado ir a pie, así hacemos ejercicio –se apartó del hombre con agilidad felina y en menos de un par de segundos Nervine ya se hallaba en el exterior de la casa, respirando aire fresco.

Dejaron la ciudad por la puerta del este y se adentraron a pie en las Praderas de Sol. La verdad era que daba gusto caminar por estos parajes. Era primavera y los campos estaban llenos de amapolas, lavandas y margaritas, y sus olores flotaban en el aire. Todo era verde hasta donde alcanzaba la vista. Tenían tres días de camino hasta llegar a los Montes de la Niebla donde se encontrarían con Liana Marmathar.

Durante las horas de camino los compañeros charlaban animadamente, y Nervine se percató de que Arkzadhel a veces la observaba con atención, aunque no le dio mayor importancia. El segundo día de camino una nube de polvo apareció tras ellos. Por precaución Nervine se ocultó entre los matorrales que bordeaban el camino. La nube de polvo se convirtió en una mujer a caballo que se detuvo al alcanzarles.

– Disculpen, ¿cómo están? Soy Renna Yerbasbuenas –su tono mostraba desconfianza y recelo, además no se había bajado del caballo. Por otro lado era normal, pensó Arkzadhel, se trataba de una mujer sola y, al parecer, sin más arma que una espada corta.

– Encantados –se adelantó él–. Nosotros somos un grupo de aventureros camino a Circania. ¿Qué se os puede ofrecer?

– Soy una campesina que comercia con hierbas –señaló los grandes fardos que colgaban de su caballo–, y me dirijo a Circania. Si no es molestia, ¿les importaría que me uniera a su grupo? Así me sentiría más protegida.

– Si me permite un momento para que hable con mis compañeros al respecto, le contesto enseguida.

– Por supuesto, como no –y Renna se adelantó con el caballo para darles intimidad.

El grupo se puso a debatir:

– Yo no veo ningún problema en que nos acompañe, no creo que sea una amenaza –les dijo Arkzadhel, a pesar de que se había dado cuenta de que esta chica de campesina no tenía nada. Tenía demasiados buenos modales, lo que indicaba que vivía o había vivido en la corte.

– Pues yo no estoy de acuerdo Ark –respondió Nervine, que había dejado los arbustos ante la sorpresa de Renna–. No me gusta su cara, no me inspira confianza en absoluto. ¡Seguro que quiere robarnos cuando nos quedemos dormidos! Yo voto por que se vaya por su lado y nosotros por el nuestro.

– No me parece correcto Nervine –arguyó Ilmuriel. Su túnica blanca y azul relucía bajo la luz del sol–. Está muy mal no prestar ayuda al prójimo. Además, nos vendrá bien tener una espada más en el grupo, sólo nos acompaña un guerrero.

– Estoy de acuerdo –respondió Radric con su acostumbrada parquedad en palabras­–. A él también le gusta –añadió acariciando la cabeza del lobo que siempre le acompañaba.

– Así pues está claro, por mayoría Renna viene con nosotros –sentenció Ark bajo la indignada mirada de Nervine.

Caminaron juntos el resto de días. Renna era una chica reservada, no demasiado alegre y, aunque el grupo le daba confianza, sólo cuando estaba a solas con Ark parecía hablar un poco más. Ilmuriel la observaba con curiosidad mientras caminaban, y Nervine no le quitaba ojo de encima.

A Ilmuriel le dio la impresión de que estos últimos días el sol se estaba poniendo antes de lo normal, pero supuso que eran imaginaciones suyas.

La noche del tercer día llegaron a los Montes de la Niebla y acamparon a una distancia prudente, adentrándose en ellos con el primer rayo de sol. Tras unas horas de caminar por su desolado paisaje, los compañeros se sentían nerviosos.

– No me gusta este lugar –se quejó Nervine–. Prefiero los bosques, o las praderas.

– Pues tenemos que atravesarlos, así que ármate de valor –le respondió Ilmuriel con sequedad. El ambiente inhóspito de este lugar estaba haciendo mella también en su ánimo.

Un sonido quejumbroso silenció la conversación. Cada vez se oía más cerca y no tardaron en descubrir quién lo producía. A través de una ciénaga dos muertos vivientes se acercaban arrastrándose lentamente. Habían captado el vigor de la vida que desprendía el grupo.

– ¡Ajjj, qué asco! –gritó la elfa mientras Renna se colocaba con su caballo en la retaguardia.

– Yo me ocupo –dijo Radric, el explorador, mientras empuñaba su arco y con brillante puntería acababa con ellos entre viscosos chasquidos en un abrir y cerrar de ojos. La ciénaga engulló los cuerpos de los muertos.

Empezaba a oscurecer y aún no divisaban la puerta del Primer Refugio cuando los compañeros empezaron a ponerse nerviosos. Ya deberían haber llegado. Si la noche les alcanzaba a la intemperie estaban perdidos. Pero la noche cayó, el sol se puso totalmente tras los cerros. Una espesa niebla empezó a emerger de entre los montículos, rodeando a los compañeros con velocidad. Renna espoleó a su caballo y emprendió el galope, dejando al grupo atrás.

– ¿Veis? ¡Os dije que nos abandonaría! –dijo Nervine no sin cierta satisfacción–. Será mejor que pensemos algo rápido si queremos salir vivos de aquí.

– ¡Corramos! –dijo Ark.

Echaron a correr mientras la niebla acababa de rodearles por completo. Al cabo de pocos minutos se perdieron unos a otros. Había algo en la niebla, pero no podían verlo. La vista no alcanzaba más allá de un palmo de distancia en esa extraña sustancia. El aire se llenó de susurros. No tardaron en sentir como algo les arañaba en la nuca y los tobillos, siempre por la espalda.

– ¡Aaaaah! –se escuchó gritar a Nervine cuando le abrieron una herida en la nuca.

– ¡Donde estáis! –dijo Ilmuriel desde otro punto lejano.

– ¡Arggghh! –se escuchó a Radric, que luchaba a ciegas con su espada.

¡Aerosh! –pronunció Ark. La magia brotó a su alrededor creando una burbuja de aire que le aislaba de la niebla unos cuantos metros. Para su sorpresa, las criaturas de la niebla no la abandonaban–. ¡Escuchadme! ¡Acercaos a mí! ¡¿Me oís?!

Poco a poco todos los compañeros, aunque heridos, acabaron dentro de la burbuja de aire de Ark. Radric había perdido a su lobo.

– Escuchadme –dijo Ark–. Tenemos media hora hasta que la burbuja desaparezca, corramos en grupo hacia el refugio: ¡ahora!

Todos corrieron a la vez, intentando mantener un ritmo parecido. Las espantosas criaturas de la niebla parecían cosa de cuentos cuando los compañeros estaban en la seguridad de su hogar, pero desde tan cerca cobraban una increíble realidad. Sus gritos les perforaban los oídos, sus susurros les incitaban a seguirles: parecían decir algo que, aunque no se entendía, se entendía. Algunas de las criaturas se atrevían a entrar dentro del círculo libre de niebla. Esas criaturas no tenían piernas visibles, así que flotaban como capas vacías cuyas capuchas negras se veían sólo rotas por dos puntos de luz roja. Sus temibles garras tenían uñas tan largas como cuchillos negros. Un baile de sombras macabras parecía haberse formado alrededor del grupo, haciendo que la niebla girara en grandes círculos.

Finalmente consiguieron llegar al Primer Refugio pero, para su sorpresa, descubrieron que había sido atacado. Las puertas habían sido destrozadas a base de arañazos hasta que no había quedado de ellas más que los goznes. La niebla y sus malévolas criaturas se hallaban por todas partes. Entonces la magia de Ark se terminó y la burbuja de aire se desvaneció tal como había llegado. Los espectros de la niebla se les echaron encima, hambrientos de sangre. Nervine trepó pared arriba hasta llegar al techo, esperando pasar desapercibida. Ark desapareció e Ilmuriel trataba desesperadamente de protegerse de los profundos cortes. Radric luchaba a ciegas con toda la furia que era capaz de reunir, pero le atacaban por todas partes y no podría aguantar mucho tiempo.

Entonces Nervine cayó en la cuenta de que podría hacer algo que les salvase. Descendió del techo e invocó su poder. La tierra crujió y todo quedó en silencio, la niebla se fue desvaneciendo y Radric e Ilmuriel acabaron con los espectros que quedaban. Sin niebla que las ocultase las criaturas no eran tan difíciles de vencer. Ark apareció inconsciente en un rincón de la sala, malherido. Ilmuriel se apresuró a asistirle. Todos miraron a la entrada, estaba sellada por roca maciza. Los aventureros estaban enterrados vivos bajo los Montes de la Niebla.

¿Cómo era posible que las criaturas hubieran entrado en el Refugio si llevaba seis mesanas funcionando sin problemas? ¿Habría ocurrido lo mismo con los otros dos refugios?

1. La Corona Negra II

Con una cabida para tres decenas de personas, el Primer Refugio era una obra de arte de la ingeniería moderna. Hasta hoy los exploradores del Clan de la Bellota Roja se habían ocupado de mantenerlo en condiciones y de orientar a los viajeros, pero ahora estaba completamente desierto. Todo estaba desordenado y había signos de lucha dondequiera que se posara la vista. Un tenebroso silencio reinaba alrededor, sólo roto por algunos susurros distantes.

Los compañeros se reagruparon intentando entender que estaba ocurriendo allí:

– El sol se tiene que haber puesto antes de lo previsto, ¡estoy seguro de que no hemos caminado tan lento! –afirmó Ark, ya recuperado de sus heridas–. Pero eso no es posible...

– A mí ayer me dio la impresión de que oscureció antes de lo habitual en las Praderas del Sol, pero no dije nada porque creí que eran imaginaciones mías –dijo Ilmuriel.

– Ya ves que no –le espetó Nervine–. Deberías habérnoslo comentado, así quizá ahora no estaríamos en esta situación.

– Tal vez no hubiéramos corrido tanto peligro, pero hubiéramos acabado en el mismo punto: encerrados en el Primer Refugio o muertos; de eso no me cabe duda –arguyó Ark terminando con la discusión–. Hace seis mesanas que los refugios funcionaban perfectamente. Las criaturas de la niebla nunca los habían atacado. Pero ahora están... muy violentas, tienen más fuerza. ¿Por qué? ¿Qué las ha hecho cambiar? –se dio cuenta de que había estado pensando en voz alta y cambió de tema–. Pero ahora lo que debemos hacer es pensar en cómo vamos a salir de aquí.

– Tenemos que aguantar hasta que salga el sol –dijo Ilmuriel–, sólo entonces se irán esas criaturas.

– Genial –se quejó Nervine mientras forcejeaba de puntillas con una de las rejillas que cubrían las paredes–, ahora tenemos que quedarnos enterrados hasta que salga el sol. Y seguro que hay más de esas cosas sueltas por aquí dentro, así que no podemos ponernos a descansar. Yo digo que exploremos el refugio y después... –la rejilla emitió un crujido metálico cuando consiguió bajar la palanca que la cerraba, haciendo que la escasa niebla que se colaba por ella se extinguiera–. Qué extraño mecanismo, ¿para qué servirá?

– Parece un mecanismo de ventilación, para que entre o no entre el aire... o la niebla –le respondió Ark–. Desde luego esta construcción es muy moderna.

– Pongámonos en marcha –cortó Radric con un extraño hilo de voz. Desde que habían llegado no había dejado de mirar bajo la gran mesa de la sala. Tenía la mirada perdida. Los compañeros se miraron unos a otros pensando que se debía a que había perdido en la niebla a Yama, su lobo y compañero–. O acabaremos como mis camaradas –concluyó señalando los huesos descarnados y las calaveras que había entre las sillas. Entre los restos se podía ver con claridad el colgante que llevaban los guardabosques del Clan de la Bellota Roja, el clan de Radric. Esos restos era lo que quedaba de los guardabosques que se encargaban de mantener el refugio en condiciones para los viajeros.

Un escalofrío les recorrió mientras se ponían en marcha por el ala oeste del refugio. Exploraron con cautela las habitaciones cerrando todas las rejillas que no estaban oxidadas para que no entrase la niebla. Había restos humanoides en algunas de ellas, y por lo que quedaba de sus caros ropajes se diría que se trataba de mercaderes que se habían cobijado en el refugio la noche del ataque. Nervine dio buena cuenta de sus bolsas de monedas ayudándose de dos palos, y también encontró algunos fardos de hierbas curativas y de tabaco que sin duda le serían útiles más adelante. Ilmuriel y Ark miraban con indignación cómo la elfa removía los restos sin asomo de pudor, impulsada al parecer por un exaltado sentido de la practicidad.

Nervine parecía confiada tras explorar varias estancias y corría impulsada por la curiosidad, pero al llegar a la cuarta habitación ahogó un grito al ver cómo dos nauseabundas criaturas arrancaban a mordiscos los pocos pedazos de carne que quedaban en los huesos de un cadáver putrefacto. El hedor que flotaba casi le hizo vomitar y se quedó paralizada de miedo. Una de las criaturas se giró al escucharla y le mostró su afilada sonrisa perlada de gotas de sangre. Se puso en pie lentamente y avanzó hacia ella con los ojos blancos fijos en su pálida carne. La piel verrugosa de aquella cosa era verduzca y amoratada, como si estuviese podrida y húmeda. Las uñas eran largas y amarillas, como cuchillos infectos. Se abalanzó sobre la elfa justo en el instante en que ella reaccionaba con agilidad: se apartó de la trayectoria de la criatura y le acarició la garganta con su espada corta. A pesar de que el corte era mortal, la criatura no pereció. Ahora Nervine estaba lejos de la puerta de la habitación y la otra criatura también se dirigía hacia ella.

– ¡Ayudadme! –gritó a sus compañeros mientras de una nueva estocada derribaba al primero de los monstruos.

La sangre verde se desparramó de la gorda barriga sobre Nervine como una fuente, salpicándola por todas partes. Las arcadas la doblaron y se puso a vomitar. El otro monstruo ya estaba a punto de alcanzarla cuando el arco de Radric silbó y le atravesó la cabeza, arrastrando uno de sus ojos hasta clavarlo en la pared. El cuerpo se derrumbó segundos después con otra de las flechas del guardabosque en el cuello.

– Necrófagos. La próxima vez piénsatelo dos veces antes de adelantarte sola –le dijo enfadado.

Mientras Nervine se recuperaba y limpiaba como podía, Ark investigó los cuerpos de los monstruos.

– Necrófagos –dijo mientras hurgaba en los bolsillos de sus taparrabos, la única prenda de vestir que llevaban–, se sienten atraídos por la muerte y por algunos objetos mágicos –y extrajo de los bolsillos algunos pergaminos enrollados–, como los pergaminos.

Cuando Ark se hubo guardado los misteriosos pergaminos, que trataba como si fuesen de puro metal de estrellas, se dirigieron al ala este. Allí encontraron el cuerpo destrozado de Liana Marmathar, que Ark reconoció por las vestiduras, ya que no tenía cara. Triste y compungido por la pérdida de una compañera de su orden de hechicería, Ark se acercó al cuerpo y rezó por ella una oración. Luego examinó con solemnidad sus pertenencias, entre las que se hallaban diversos objetos de naturaleza mágica y el paquete destinado a ellos, además de una nota:

Liana, como he sabido que vas de camino a Laúr para llevar pergaminos, me gustaría que me hicieses un pequeño favor. Antes de salir de Circania, ve a ver a nuestro Secretario, le he dejado un paquete para ti. No puedo dártelo personalmente como yo quisiera porque estoy muy ocupado, pero me gustaría hablar pronto contigo para saber cómo han ido tus primeros días en la Orden. ¿Te está tratando bien Kirid? Espero que sí.
Necesito que lleves el paquete a una persona con la que te encontrarás en el Primer Refugio de los Montes de la Niebla dentro de cuatro noches. Dentro hay un regalo para ti , una varita de proyectiles mágicos, es un obsequio que te hago como pago por mi falta de atención en éstos, tus primeros días con nosotros.
Buena suerte, y cuidado en los Montes, no te dejes sorprender por la noche a la intemperie.

Atentamente,
Jinsard Fuego Azul

– Una varita, un pergamino, cuatro pociones rojas, una azul y 300 monedas de oro. Eso es todo –sentenció Ark con voz inexpresiva tras un minucioso registro.

– Ése debe ser el resto del pago que nos pertenece por acompañarte –le dijo Nervine–. Nos lo podrías dar ya.

– Ni hablar –la ira brillaba en los ojos de Ark ante tal falta de sensibilidad–. Os lo daré cuando me acompañéis al Observatorio, ése era el trato que aceptásteis.

– Desde luego, no hagas caso a la elfa –se apresuró a decir Ilmuriel para calmar los ánimos–. No sabe lo que dice.

– Lo sé muy bien.

– No, no lo sabes.

– Sí.

– No.

– ¡Sí!

– ¡No!

– ¡Aaaaaah! –un grito de mujer cortó el aire, haciendo que ambos callasen.

Renna –comprendió Ark, que salió corriendo hacia el lugar del que provenía el grito.

Los compañeros corrieron tras él. Rápidamente Nervine se puso a la delantera y dejó atrás a los demás. Cuando llegó a la estancia que hacía las veces de despensa encontró a Renna agazapada dentro de un armario, intentando protegerse de los ataques de un espectro de la niebla que la arañaba con saña. Se acercó con sigilo, pero el espectro la intuyó y en menos de un segundo se encontró a menos de un dedo de distancia de su cara. Vio entonces los ojos del monstruo por primera vez y se quedó paralizada. Le decían que se entregara, que obedeciera su voluntad. Intentaba hechizarla. Dentro de su cabeza, Nervine escuchaba la voz hipnótica de la criatura, pero finalmente entendió qué era lo que debía hacer y hundió su espada en la carne invisible. Tras un aullido ensordecedor, la capa negra cayó al suelo, vacía.

Ilmuriel se apresuró a sanar a Renna, que estaba malherida y terriblemente asustada. De vuelta en la entrada del refugio, el grupo trató de descansar un poco. Nervine prendió fuego a unas sillas en la chimenea con ayuda del vino que llevaba y se acostó. Estaba tan cansada que no despertó hasta que escuchó los fuertes ruidos a su alrededor. Radric e Ilmuriel trataban de escarbar con unas palas en la roca que tapiaba la salida de refugio.

– Menos mal que has despertado –le dijo Ilmuriel–, creí que te habías quedado sorda. ¿Se puede saber qué es lo que has hecho para cerrar la entrada de esta manera?

– Eso es cosa mía. Una tiene sus recursos.

– ¿Y no puedes quitarlo tal como lo pusiste?

– No, hasta esta noche no.

– Pues vaya gracia. Llevamos una hora intentando llegar al otro lado. Hace media que debe haber salido el sol. Como no nos apresuremos no saldremos de aquí hoy.

– ¿No puede ayudarte tu Diosa?

– La Diosa de la Luna Blanca no mueve paredes, no seas blasfema.

Entonces Radric hizo un pequeño agujero por el que entró un rayito de luz, pero no fue hasta dos horas después cuando fue lo suficientemente grande como para que cupiesen a través de él. Del otro lado la piedra estaba llena de arañazos, al parecer las criaturas de la niebla se habían pasado la noche arañándola para entrar. La idea les estremeció.

– Debemos correr a buen ritmo para llegar a salir de los Montes de la Niebla antes de que se ponga el sol –dijo Radric–. Llevamos dos horas y media de retraso y recordad que el sol se pondrá antes de lo habitual.

– ¿Qué se supone que haces, Ark? –dijo Nervine al ver que estaba envolviendo el cuerpo de Liana Marmathar para transportarlo.

– No pienso dejar su cuerpo aquí para que se lo coman. Me niego. Merece un entierro digno.

– ¡¿Qué?! No puedes estar hablando en serio –le respondió Nervine, alucinada–. A ver si lo entiendo, llevamos retraso y hemos de correr como locos para salvar la vida, ¡¿y tú quieres llevar el cuerpo de una muerta?!

– Así es.

– No seré yo la que te espere.

– Me da lo mismo, tampoco voy a retrasar al grupo, así que puedes callarte –alzó los brazos y puso los ojos en blanco al entrar en trance–. ¡Discalio ténsara nisumarelio!

Ark dejó el cuerpo de Liana en el aire, y para el asombro de todos quedó suspendido en él. Desde ese momento flotó alrededor de Ark como empujado por un carruaje de caballos invisibles. Y los compañeros echaron a correr acompañados por Renna Yerbasbuenas a pesar de las quejas de Nervine.

Tras unas horas la magia de Ark cesó y el cuerpo de Liana cayó al suelo. Ark tomó entonces una difícil decisión, y lo abandonó para salvar su vida. Los remordimientos le carcomerían el resto del viaje, se repetiría una y otra vez que Liana sería devorada por los necrófagos por su culpa. Debía haberla incinerado para que Ygnalos, Dios del Fuego Eterno, guardara su cuerpo en el más allá, pero ahora ya no podía hacer nada.

De repente se dieron cuenta de que algo les observaba desde un cerro cercano. Era un lobo, que echó a correr hacia ellos y se echó sobre Radric para lamerle el rostro. Era Yama, su compañero. Al parecer había sobrevivido de alguna forma toda la noche a la intemperie. Radric tuvo otro semblante el resto del día. Se le veía contento.

Corrieron todo el día haciendo pequeños descansos y, finalmente, cuando ya empezaba a ponerse el sol, abandonaron los Montes de la Niebla y se adentraron de nuevo en las Praderas del Sol. Todos estaban rendidos, especialmente Renna, que por sus jadeos no debía estar acostumbrada a viajar de esa forma.

– Hoy acamparemos aquí y mañana nos pondremos en marcha al amanecer hacia el sur, en dirección al Valle de las Luces –dijo Ark.

– ¿No volvéis a Laúr? –preguntó Renna decepcionada, se la veía apesadumbrada–. Tendré que volver sola a la ciudad, y ahora no tengo montura...

– Lo siento –le respondió él–, pero nuestro camino va en otra dirección y no podemos demorarnos para acompañarte. De veras lo siento, pero no podemos hacer más.

– Está bien, lo comprendo. ¿Puedo hablar contigo un momento en privado?

– Desde luego.

Mientras montaban el campamento y encendían una hoguera, Nervine no les quitó el ojo –ni el oído– de encima a Ark y Renna. Se preguntaba qué le estaría contando aquella mujer para necesitar estar tanto rato apartados, pero no escuchó nada porque estaban demasiado lejos.

Cuando despertaron a la mañana siguiente, se despidieron de Renna esperando que llegase sana y salva a Laúr, y se dirigieron hacia el sur por el camino que rodeaba los Montes de la Niebla, en dirección al Observatorio Lunar. Nervine no tardó ni un minuto en acercarse al hechicero:

– Ark, ¿qué te dijo ayer aquella mujer?

– Algo que no puedo comunicaros por ahora –le contestó él–. Lo sabréis si volvéis conmigo a Laúr algún día.

– ¿Por qué tanto misterio?

– No es misterio, es respeto. Ella me pidió que guardara silencio al respecto.

– Qué aburrido.

Tres días después llegaron a un gran cruce en el camino que indicaba que ya habían rodeado la mitad de los Montes de la Niebla. Un letrero de madera rezaba: “Circania al Este, Valle de las Luces al Sur”. Ellos debían tomar el camino del sur y atravesar el Valle de las Luces para llegar a las Montañas Medas donde estaba el observatorio.

– ¿Qué es ese ruido? –preguntó Nervine.

Al parecer alguien había decidido acampar allí mismo. Fuera del camino había una pequeña tienda de campaña y, aunque pareciera extraño, se oía canturrear a alguien dentro de ella entre cascabeles. En la puerta de la tienda había un letrero que decía:

“Se ruega encarecidamente no molestar a la señorita que aquí descansa, agradezco de antemano su amabilidad”.

– Perdonad, ¿hay alguien ahí? –preguntó Ilmuriel, que sintió una punzada familiar al escuchar la voz.

La silueta de mujer paró de hacer lo que estuviera haciendo y se dispuso a salir. Era una mujer joven, de ojos azules y tirabuzones rubios, envuelta en un vestido de seda rosa y gris. Al ver a Ilmuriel puso cara de sorpresa.

– ¡Qué alegría, cuánto me alegro de verte! –dijo lanzándose a los brazos del sacerdote, justo antes de girarle la cara con un sonoro guantazo y mostrarse del todo enfadada–. ¿Así que yéndote de viaje sin decirme nada? Eso está muy mal. Eres muy travieso. ¡Sabes que me gusta ver lugares nuevos! Hace más de un mes que fui a buscarte a Circania, ¿y qué me encontré? Nada, ¡te habías marchado! Eso me dijeron.

– Lo siento Lailune, no podía retrasarme –contestó él llevándose la mano a la enrojecida cara, bajo la atenta mirada de sus compañeros que se preguntaban quién sería esa mujer. Nervine la miraba con suspicacia.

– Les dije que si volvías me avisaran, y me han avisado. Me dijeron que te podría encontrar en este cruce hoy, ¡y tenían razón! Que eficientes son estos sacerdotes azules cuando quieren. Voy con vosotros. Por cierto, tus compañeros me han dado esto para ti –le tendió un paquete lacrado–, no lo he abierto, ¿eh?

– Parece que todo el mundo sabe por donde andamos en cada momento –apuntó Ark pensativo–. Debemos levantar mucha expectación.

– Encantada –se presentó la mujer a los demás compañeros con una impecable reverencia–. Soy Lailune Naesia de Brangart.

– ¿Naesia de Brangart? –dijo Ark observando la soltura de Lailune con el protocolo de la corte–. ¿De qué me suena a mí eso? ¿A qué familia noble perteneces?

– ¿Familia noble? –rió ella tapándose la boca con el dorso de la mano–. ¡Qué ocurrencia tan divertida! No, yo soy Hechicera del Cascabel Dorado –e hizo sonar el gran cascabel que colgaba de su cuello.

– Yo pertenezco a la Orden del Fuego Azul, también soy hechicero –continuó Ark extrañado–, y no había oído nunca hablar del cascabel dorado.

– Claro, es una orden muy poco conocida. De hecho somos muy pocos los que formamos parte de ella –bajó el tono de la voz hasta que fue imposible escucharlo excepto para Ilmuriel–. De hecho creo que soy la única.

– ¿Perdona? No te he oído –preguntó Ark.

– No he dicho nada –rió para sus adentros y se volvió para dirigirse a Ilmuriel–. Ven, acércate a mi tienda. Quiero que me cuentes todas tus aventuras con pelos y señales... –y sus voces se perdieron en el interior.

Los demás montaron el campamento. Las quejas de Nervine no se hicieron esperar.

– No me gusta esa mujer. Además, ¿quién se cree que es para lanzarse así a los brazos de Ilmuriel y luego pegarle? Cuantas confianzas, ¡hum!

– A mí no es que no me guste, pero no me convencen sus respuestas. De todos modos parece que es amiga de Ilmuriel desde hace tiempo, así que deberíamos confiar en ella –contestó Ark, y acto seguido se puso a estudiar con atención los pergaminos que había conseguido de los monstruos del refugio.

Mientras Nervine consumía su tiempo mirando con cara de enfado las sombras de la tienda de Lailune, Radric preparó la cena y exploró los alrededores. Ark siguió largo rato estudiando los pergaminos y copiando algunos en su libro de conjuros cuando, de repente, uno de ellos se le deshizo entre los dedos al intentar leerlo.

– Vaya, que delicados son esos papiros, deben ser viejos –rió la elfa al ver la cara de Ark.

– Eso parece –contestó él sin prestar atención. Ahora estaba examinando las pociones que llevaba la difunta Liana. Olisqueó su contenido y dio un pequeño sorbo–. Las rojas parecen pociones curativas. En cambio la azul no sé para que sirve. Lo mejor será que guardemos una poción roja cada uno, por si nos separásemos.

– Vale –se apresuró a decir Nervine mientras se acercaba con presteza. Al parecer se le había pasado el mal humor gracias a la idea de adquirir una nueva posesión.

Ark se acercó a la tienda de Lailune.

– Perdona que te moleste, Ilmuriel –se disculpó Ark tendiéndole una de las pociones rojas–, pero creo que lo mejor sería que abrieras ahora el paquete que te trajo tu amiga de parte de tu sacerdocio, por si tuviera alguna relevancia para nuestra misión y tuviéramos que tomar alguna decisión antes del amanecer.

– Tienes razón.

Lo abrió al momento. Dentro había cuatro pociones rojas y cuatro esferas de cristal en cuyo centro brillaba una luz blanca. Además había una llave de grandes proporciones, un mapa y una nota. Se apresuró a leerla:

Estimado camarada,

Gracias a nuestros colaboradores de la Orden del Fuego Azul he sabido que habían mandado a un conjunto de personas al Observatorio Lunar de las Montañas Medas, y como uno de ellos es tu compañero de viaje he supuesto que, habiéndote enterado de lo sucedido, irías con él.
Aunque no he dudado de que estarías de camino al Observatorio al saber que no hay noticias de tus compañeros, quería anunciarte que, oficialmente, estás encomendado para esta tarea en nombre del Sacerdocio de Aknaliss. Sé que sólo hace unas mesanas que has conseguido el grado de iniciado, pero también sé de tus recomendaciones, por lo que confío copiosamente en que llevarás a cabo tu cometido como es debido.
Estoy preocupado por nuestros camaradas del Templo de la Luna Llena, no sé que puede haberles sucedido para que no respondan a ningún mensaje. Como bien sabes, el Templo está fortificado y bien protegido en las alturas de Diente Azul, así que no entiendo qué está sucediendo allí.
En el paquete que te he enviado en manos de tu amiga Lailune he puesto algunas pociones de curación que te serán de ayuda en momentos difíciles, unos orbes de protección que debes romper para utilizar y una copia de la Llave de Aknal, la llave de la puerta principal del Observatorio. Como bien sabes, en caso de emergencia los sacerdotes activan el mecanismo de seguridad, así que puede que halles el Observatorio sellado. Si así fuera la única forma de entrar es con esta llave.
Aunque sabes el camino al Observatorio a través de las Montañas Medas, he marcado en el mapa el desvío que debes tomar, ya que ha habido algunos cambios en la ruta en los meses en que estabas ausente.

Cuídate y que Aknal te acompañe, tanto de día como de noche.
Que la Luna Blanca ilumine tu alma en los momentos oscuros.
Alanthus Aknelar

Tras descansar, partieron sin demora al amanecer. Fueron necesarios tres días más de camino para llegar al Valle de las Luces. Sólo hacía tres horas que caminaban por él cuando un ruido se escuchó en la lejanía. Poco a poco una manada de caballos salvajes se fue acercando, imponente, y pasó corriendo por el lado derecho del grupo. De ella se separó un espléndido caballo negro, montado por un hombre de recias facciones que se lanzó hacia el grupo toda velocidad. Los compañeros se pusieron en alerta mientras veían como se acercaba.

– Soy Jezeb, habito en este valle y lo vigilo. ¿Quiénes sois y adónde os dirigís? –dijo al llegar, con tono tajante.

– Vamos al Observatorio Lunar de las Montañas Medas –se apresuró a responder Ilmuriel–. Soy sacerdote de Aknaliss, Diosa de la Luna Blanca, y me dirijo con mis compañeros a mi templo, el Templo de la Luna Llena, en misión oficial. Parece que pasa algo allí, ¿ha visto usted algo extraño los últimos días?

– A decir verdad sí, he visto algo, aunque nada tiene que ver con los sacerdotes o el templo. Son las luminas. He de advertiros que desde hace unos días esas plantas son más peligrosas que de costumbre, así que os recomiendo que no os acerquéis a ellas de noche, es más, ni siquiera las miréis.

– ¿Qué les pasa? –preguntó interesada Lailune–. Es su luz, o sea, ¿no?

– Sí. Normalmente hay que quedarse mucho tiempo mirando las flores para que su luz azulada empiece a afectarte, pero ahora emiten una oscuridad grisácea al abrirse por la noche, y un olor desagradable y adictivo. Y sus efectos son mucho más ponzoñosos que antes. Estos días he visto que es capaz de borrar la memoria con una sola ráfaga de su perfume y atraer a los viajeros con un solo vistazo.

– Vaya, qué raro. Nunca había oído nada igual. Las luminas absorben la luz de la luna blanca –dijo Lailune pensativa.

– La luz de la luna... –repitió Ark mientras pensaba en los Montes de la Niebla, en el refugio destruido y lo violentas que estaban las criaturas. Miró al cielo, pero no observó nada extraño, todo parecía como siempre.

– Si queréis puedo escoltaros hasta el observatorio, ¿sabéis cabalgar? –preguntó Jezeb.

– Claro –respondieron todos al unísono ante la idea de dejar de caminar, excepto Lailune que se había quedado callada.

A un silbido de Jezeb cinco caballos se desmarcaron de la manada y se acercaron al grupo. Eran impresionantes, purasangres de radiante pelaje y recio carácter.

– Estos son Rasama, Rinel, Radeo y Rama. Son hermanos.

– Disculpa, pero ¿tus caballos no usan silla? –preguntó Lailune.

– No, son libres. No son propiedad de nadie.

– Vaya, es que, verás, yo soy una señorita...

– No me digas que la señorita no puede montar sin silla porque luego le duele el culo –dijo Nervine con tono quisquilloso mientras se montaba en Rinel de un salto. Rinel relinchó mirando a Lailune.

– Pues no es por eso –respondió tajante Lailune. Sacó de su equipaje una exquisita silla de montar a juego con su traje y se dirigió a Jezeb–. ¿Puedo ponérsela?

– Inténtalo –Jezeb se acercó a Rasama y le susurró algo al oído.

Lailune puso al caballo su silla con cautela. Rasama se mostró dócil y cortés, agachándose incluso para que a Lailune le fuera más fácil subir a su lomo.

– Eres maravilloso Rasama –le dijo ante la cara hastiada de Nervine. El caballo relinchó.

Se extinguía ya el último rayo de sol cuando al fin llegaron a la falda de las Montañas Medas. Si no hubiera sido por Jezeb y sus caballos, habrían tardado más del doble en recorrer el valle y, estando plagado de peligrosas luminas, quién sabe si hubieran conseguido atravesarlo. Ahora tenían que atravesar gran parte de las montañas para llegar al pico más elevado de la cadena montañosa, que se llamaba Diente Azul.

– Gracias por escoltarnos hasta aquí –dijo Ark dirigiéndose a Jezeb–. Has sido de gran ayuda para nuestro viaje. Supongo que lo mejor será que acampemos aquí y que mañana prosigamos nuestro camino. La oscuridad acecha en las montañas.

– ¿Acampar? No –respondió Jezeb mientras liberaba a los caballos que les habían traído hasta ahí–. No es seguro acampar aquí por la noche, no en los días que corren. Seguramente amaneceríais muertos a manos de los bandidos de las montañas. No, prefiero acompañaros hasta el Observatorio.

– No queremos molestarte más de lo que ya lo hemos hecho.

– No es molestia.

Se internaron en terreno montañoso con Jezeb liderando la marcha. El explorador se movía por la montaña como quien camina sobre hierba fresca, parecía conocer la zona. Lailune se había cambiado de ropa, ahora iba vestida como un sacerdote de la orden de Ilmuriel.

– ¿De dónde has sacado esa túnica y por qué vas vestida así? –le preguntó él no sin cierta indignación por la blasfemia que eso suponía para su fe.

– Sabes muy bien, Ilmuriel, que soy una chica de recursos, y de todos es sabido que por estas montañas los únicos que siempre pasáis sin que os pase nada sois vosotros, los sacerdotes de la Orden de la Luna Blanca. Los bandidos o quien quiera que sea que ataque a la gente, os respeta u os teme.

– Eres una blasfema.

– Blasfema para con tu diosa puede ser, mi querido amigo, pero tonta, o sea, no.

– Qué lista la niña... –afirmó Nervine–. Lailune no pierde el tiempo. Pues si yo tuviese una de esas túnicas, Ilmuriel, no dudes que también la llevaría puesta.

– Las dos arderéis en el mar blanco por blasfemas.

– Puede ser, pero al menos no moriré aquí, entre las piedras –concluyó Nervine.

Hacía una media hora que caminaban cuando Jezeb se detuvo y silbó. El silbido retumbó en el aire y al cabo de unos minutos hubo un grito en respuesta. Una criatura se acercó volando hasta aterrizar al lado de Jezeb. Su cabeza y su cuello eran de águila, como también lo eran sus majestuosas alas, pero su cuerpo era parecido al de un león, con grandes y afiladas garras. Desprendía una fuerza asombrosa.

– No temáis –dijo Jezeb al grupo cuando vio sus caras de miedo–. Es un hipogrifo, no os hará daño. Es amigo mío. Él nos ayudará a llegar hasta el Templo. Volando. Recorreremos en media hora el camino que de otro modo os llevaría días enteros. Pero no podremos ir todos a la vez, montaremos de tres en tres. Incluso así, con los vientos que soplan en las alturas de Diente Azul, será peligroso. Haremos dos grupos, ¿quién irá primero?

– ¡Yo quiero! –dijo entusiasmada Lailune levantando la mano. Acto seguido se sintió avergonzada al ver que todos la miraban–. Nunca he volado en un hipogrifo. Me muero por hacerlo.

– Yo iré con ella –afirmó Ilmuriel.

– Para hacer dos grupos equitativos en fuerza y habilidad, por si algo ocurriera el tiempo que estéis solos allí, debería acompañaros un guerrero, Jezeb o Radric.

– Yo iré –dijo Radric–. Es mejor que Jezeb se quede con vosotros.

Lailune, Ilmuriel y Radric montaron al hipogrifo con cautela. La criatura aún les infundía mucho respeto. Cuando al fin alzaron el vuelo, Lailune gritó como una loca pensando que se iba a caer y que se estrellaría contra el suelo.

Todo parecía diminuto desde el cielo. Cuando se acostumbró a volar, Lailune pensó que pocos afortunados habrían tenido el privilegio que le estaba siendo otorgado a ella. Era difícil abrir los ojos con el viento helado azotándole el rostro, pero aún así los mantuvo abiertos todo el tiempo que pudo. Los ríos parecían pequeñas venas de la tierra, los bosques su cabellera verde. A Lailune le pareció ver también que algo se movía en la falda de las montañas, pero la oscuridad era tan cerrada que no pudo verlo bien. Intentó que el hipogrifo descendiera, pero no le hizo caso.

El hipogrifo les dejó frente a la puerta del Observatorio Lunar, el Templo de la Diosa de la Luna Blanca. Aunque era de noche se podía intuir la grandeza de esta maravillosa obra arquitectónica. Cuatro altas torres y cuatro recintos semiesféricos construidos alrededor de un gran edificio central. Tras ellos, Diente Azul cortaba el cielo como un cuchillo. Tan sólo el viento rompía el silencio que reinaba en este lugar inhóspito del reino.

La gigantesca puerta del Templo estaba forjada en un metal azulado. Era tan alta como diez hombres y sus grabados estaban trabajados con un gusto realmente exquisito, tanto era así que incluso había quien decía que fue un regalo de los altos elfos, cuando todavía vivían por estas tierras, hacía cientos y cientos de años. Ilmuriel la miraba con nostalgia mientras se preguntaba qué clase de oscuridad podía cubrir el templo con ese aire siniestro, cuando había sido un lugar maravilloso hacía sólo unas mesanas. ¿Qué desastrosos descubrimientos le esperaban dentro? No podía esperar para descubrirlo...

1. La Corona Negra III

Ilmuriel, con la Llave que había recibido en el paquete de los Sacerdotes que le dio Lailune, se dispuso a abrir la gran doble puerta del Templo pero, para su sorpresa, la puerta ya estaba abierta. Un sonido metálico sonó desde el otro lado y, al abrirla, vieron que un enano se hallaba de rodillas frente a uno de los Sacerdotes de Aknaliss. Al parecer, el enano no se encontraba muy bien, pues se cayó de bruces con sólo intentar dar unos pasos, pero mucho peor parecía estar el sacerdote: se encontraba en un estado comatoso del que ninguno de los compañeros logró sacarlo. Jezeb propuso llevarse al Sacerdote a Circania a lomos de su Hipogrifo, quizá alguien fuese capaz de sanarle allí.

Una vez se hubo ido Jezeb, el grupo se dispuso a explorar el impresionante Observatorio Lunar en compañía de Fornost, el enano. Allí no parecía haber nadie, no se escuchaba ni un sólo ruido, a excepción de unos pasos arrastrándose o algún susurro distante. Pero no estaban solos, las sombras se amontonaban alrededor de los que fueran los Cristales Lunares, ahora convertidos en oscuras piedras negras que emitían un halo de oscuridad. Los compañeros descubrieron con asombro y pena que, los que fueran Sacerdotes de la Diosa Blanca, eran ahora una especie de muertos vivientes de ojos negros y una insaciable sed de muerte, capaces de matar con mordiscos y arañazos de inhumana fuerza.

Tras unas horas de ir de aquí para allá, los compañeros hicieron un extraño descubrimiento. En la habitación del Prelado de una de las torres encontraron una confusa nota escrita por alguien que, aunque a primera vista no parecía hallarse en su sano juicio, hablaba con mucho sentido. La nota era de Áknol, el sacerdote que habían encontrado en coma al entrar al Observatorio, y en ella hablaba de cómo una criatura se había apoderado de él, controlándolo, hurgando en su mente hasta descubrir todos sus pensamientos, todos sus recuerdos. Lo que no decía era qué había pasado con ella después...

Tras muchas horas de dar vueltas abriendo las puertas del sellado Observatorio, llegaron a la Torre de las Estrellas desde la que se observa, entre otros astros, la Corona: nueve estrellas que forman un círculo en el firmamento capaz de cambiar el flujo de los acontecimientos, según dícen los astrólogos. Ilmuriel, al mirar por el gran telescopio, observó con incredulidad cómo Argen, la Luna Oscura, estaba entrando en contacto con la Corona. Eso era imposible, las órbitas de ambos astros nunca podrían llegar a cruzarse, ni de lejos. Pero ahí estaban, si sus ojos no le engañaban. Según decían algunos sabios, si alguna de las lunas llegara en algún momento a posicionarse en el centro de la Corona, ésta aumentaría su poder de forma alarmante, por cien como mínimo, desequilibrando la Magia, el mundo y a todos sus habitantes. Pero si además la Luna era Argen, se producirían todo tipo de apocalípticos acontecimientos. Los Demonios escaparían de los Infiernos para campar a sus anchas por la tierra, se abrirían puertas a planos negativos, las criaturas malvadas multiplicarían su poder... y al parecer eso estaba a punto de ocurrir. Lo que habían visto en el Observatorio no era, al parecer, más que una pequeña muestra.

Afligidos y confundidos, los compañeros siguieron avanzando por el Observatorio hasta llegar a la Colmena de las Piedras Lunares. Allí hallaron el maltrecho cuerpo del Obispo del Observatorio, al que no le quedaba más que un halo de vida. En sus últimas palabras les dijo que no se apartaran de la luz...

Los compañeros sustituyeron todas las piedras negras que encontraron por nuevas Piedras Lunares, haciendo que las sombras se disipasen para no volver. Arriesgando en numerosas ocasiones sus vidas, activaron los diferentes mecanismos para que la luz de las piedras llegara al Corazón del Observatorio, ya que era la única forma de abrirlo después de haber sido sellado. Cuando por fin lograron llegar a él, contemplaron atónitos el lugar por el que aquellas criaturas sombrías entraban de su mundo al suyo. En medio de la sala había un gigantesco vórtice que hacía de puerta a una devastada dimensión y, por ella, estaba a punto de llegar un Demonio tan grande y aterrador, que supusieron que si llegaba a entrar sería capaz de devastar el Reino por completo.

Fue entonces cuando Fornost, el enano, cambió. Sus ojos se volvieron de un rojo luminiscente, su expresión totalmente malévola y habló con una voz totalmente diferente a la que habían escuchado hasta ahora. No hacía falta que dijera lo que iba a pasar, el enano iba a intentar matarles para que no consiguiesen cerrar el portal. Estaba claro qué había ocurrido con la criatura que anteriormente se había introducido en el comatoso Áknol: cuando ellos habían entrado en el Observatorio habían presenciado cómo la criatura que tuviese dentro había pasado de éste a Fornost.

La batalla fue feroz, los compañeros fueron cayendo uno tras otro mientras se iban levantando de nuevo gracias a la magia curativa, para volver a caer. Arkzadhel se dispuso a toda prisa a colocar el gran Cristal Lunar que llevaba consigo en el centro de la sala, suponiendo que eso cerraría la puerta, pero las sombras le derribaron. Ilmuriel tomó su relevo y las sombras no puedieron tocarlo: se había roto contra el pecho un orbe de protección contra lo maligno y su luz le protegía. Lailune mantenía a raya a duras penas al enano utilizando una poderosa magia que no sabían que era capaz de hacer: lanzaba contra él una y otra vez tres pesadas bolas que flotaban a su alrededor.

Finalmente, Ilmuriel colocó el cristal en el centro de la sala proyectando y ampliando toda la luz de los cristales del templo, luz de la Luna Blanca que absorvían y proyectaban. Las sombras comenzaron a disiparse, el portal empezó a cerrarse poco a poco y Fornost huyó rápidamente por una de las puertas de la sala. Era mucho más rápido de lo que se hubiese podido imaginar. Le siguieron hasta la puerta del Observatorio. De repente el enano tropezó, y estaba a punto de caer al suelo cuando un fuerte brazo lo sostuvo. Jezeb acababa de entrar por la puerta, había regresado de Circania. El enano aprovechó la confusión para unir su boca a la de Jezeb, y una sustancia negra fluyó de la boca del primero a la del segundo. Jezeb se convulsionaba de dolor. Tras unos segundos, Jezeb arrojó a Fornost al suelo con desprecio y miró a los compañeros con una extresión de maldad que no era la suya. La malévola mirada de ojos rojos era una clara amenaza.

Jezeb salió del Observatorio y se lanzó por el acantilado mientras silvaba. Los compañeros sólo llegaron a tiempo de ver cómo se perdía en las sombras de la noche a lomos de su Hipogrifo. Fornost estaba en coma.

Radric, Ilmuriel, Nervine y Arkzadhel ascienden de nivel.

1. La Corona Negra, resumen

Día 43 de Egiswen, mesana de las Flores
Año 7537, después de la Niebla de la Pérdida

En el Observatorio Lunar no queda más que muerte tras vuestro paso por él. Los cadáveres se amontonan por el suelo en el desconcertante silencio mientras el olor de la descomposición se empieza a apoderar del ambiente, haciéndolo irrespirable. La cara de Ilmuriel trasluce una intensa tristeza al ver este desagradable escenario, y a veces hasta se le escapa alguna lágrima: “Si pudiera hacer algo... tal vez debería incinerar los cadáveres como propone Arkzadhel, el fuego lo purifica todo, ¿no es así? Pero nosotros, los sacerdotes de Aknaliss, debemos ser enviados a los Campos Blancos a través del reflejo de la luna que aparece en el Mar los días de Luna Llena.”

Pero si no fuera por vosotros, pequeños héroes de los que todavía nadie conoce la proeza que acabáis de realizar, seguro que todo estaría mucho peor de lo que está. Quién sabe de lo que hubiese sido capaz esa especie de Demonio que pretendía cruzar el vórtice del Corazón del Observatorio.

Sin embargo, ahora todo parece mucho más claro, la causa de que los seres de los Montes de la Niebla estuviesen tan agresivos como para irrumpir en los Refugios, de que las Luminas hayan cambiado de color, la causa de que se abriera un vórtice a una dimensión desconocida en pleno Observatorio Lunar convirtiendo las Piedras Lunares en Piedras Negras y dejando a los sacerdotes, que debían dormir, totalmente indefensos contra las criaturas que emanaban de él. Esa causa era ni más ni menos que Argen, la Luna Negra, que ha cambiado su órbita para acercarse a la Corona, un astro que podría incrementar hasta cien veces su poder cuando Argen se sitúe en su centro.

Pero cuál debe ser el motivo de su cambio de órbita todavía es un misterio. Desde luego, se necesitaría un inmenso poder para lograr algo así de forma artificial. Un poder, si no divino, casi divino. Quizá se trate de un fenómeno natural, puede que el magnetismo de la Corona o las ansias de poder de Argen sean la causa.

Desgraciadamente, no podéis ocuparos de investigar eso ahora, pues hay otro problema no menos importante del que debéis haceros cargo sin demora. Del vórtice del Observatorio también salió otra criatura, más peligrosa que las demás, capaz, según parece, de adueñarse de los cuerpos de las personas para manejarlos a su antojo y hacerse con todos los conocimientos que poseen sus mentes. El Ladrón de Cuerpos abandonó al enano Fornost y poseyó a Jezeb, huyendo después a lomos de su hipogrifo.

La tristeza y la culpa parecen recorrer por dentro a Arkzadhel, que se atormenta con el hecho de que si lo hubierais detenido cuando tuvisteis la oportunidad, ahora Jezeb estaría libre cabalgando por las verdes llanuras del Valle de las Luces y el mundo estaría a salvo de la amenaza de ese ser. Pero las cosas están como están, y algún motivo tendrán los Dioses para que así sean. Desde luego, el fuego de Ygnalos no permitirá que se salga con la suya, debe pagar por sus actos, y Arkzadhel se convertirá en el Puño de la Venganza que le dará caza.
Mientras descansáis, Radric aprieta con fuerza la bellota plateada que cuelga de su cuello. “Si tuviera toda la fuerza de los bosques y los ríos de mi lado –piensa–, las cosas podrían haber sido distintas”. Pero una victoria es siempre una victoria, y desde luego en la cara de Radric se vislumbra el orgullo del vencedor.

Nervine cuenta con paciencia todas las monedas que tiene en los bolsillos, haciendo pequeñas pilas en el suelo. Los ojos parecen brillarle de forma distinta cuando lo hace, ajena a la desgracia que se arremolina alrededor. También analiza las joyas que ha encontrado con la ayuda apática de Lailune, que desde el descubrimiento del cambio de Argen parece haber perdido su incombustible alegría y sus cascabeles han dejado de sonar.

No os es agradable verla triste. Os sentís en deuda con ella ya que, si no fuese por esa misteriosa chica, probablemente no hubieseis salido con vida del Observatorio. Aunque eso no parece preocupar mucho a Nervine. Ilmuriel, en cambio, intenta animarla sin mucho éxito.

Fornost, en el suelo, parece que nunca vaya a recuperarse del coma en el que se encuentra.

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