Fábula del travieso gorrión

Había un gorrión, alegre y vivaz, que solía surcar los aires haciendo graciosas cabriolas. Era amigo de un conejo saltarín y de una ardilla listada, con los que acostumbraba a hablar cada día, por la mañana, bajo la sombra de un aromático manzano.

Al gorrión le gustaba gastarles bromas, pues sabido era por todos que era muy travieso, y cada amanecer, de una forma u otra, acababa riéndose de ellos.

—¡Rápido, escondeos! —chilló a voz en cuello el gorrioncillo.
—¿Qué pasa? —preguntaron a coro la ardilla y el conejo.
—¡Viene el halcón! ¡No hay tiempo!

Asustados ante la idea de que el halcón se los comiera, ambos se escondieron. El conejo, pensando que no llegaría a tiempo a su madriguera, saltó dentro de un arbusto espinoso, clavándose varios pinchos cuyo dolor aguantó en silencio. La ardilla se metió en un hoyo, que resultó estar lleno de barro, y se manchó entero su pelaje aterciopelado.

El gorrión, al ver a sus amigos tan sumamente alborotados, no pudo evitar echarse a reír con todas sus ganas.

—¿Era mentira? —bufaron, incrédulos, ardilla y conejo.
—Lo siento —se disculpó el gorrión entre risas—. No he podido evitarlo.
—¡Esto es increíble! —soltó la ardilla, muy irritada.
—¡No puedo creerlo! —se quejó, indignado, el conejo.
—Casi me muero del susto —añadió la ardilla.
—Se me va a salir el corazón por la boca —aseguró el conejo.

El travieso gorrión y sus amigos
Ambos miraron al gorrión, el conejo lleno de pinchos y la ardilla cubierta de barro, y, enfurruñados, dijeron al unísono:

—¡Esta vez te has pasado!
—Vamos, no exageréis —dijo el gorrión—. No es para tanto.

El conejo se marchó corriendo a su madriguera. La ardilla trepó al manzano muy ágilmente.

—¿Por qué os vais? —preguntó el risueño gorrión—. Qué poco sentido del humor.

Y, al ver que ninguno de sus amigos contestaba, se fue volando.

A la mañana siguiente, cantando alegremente, el gorrión fue volando a ver otra vez a sus amigos. Cuál fue su sorpresa al llegar al claro del manzano donde solían encontrarse y ver que no estaban allí.

—Qué raro —murmuró para sí—. ¿Dónde se habrán metido?

Buscó en sus madrigueras, mas tampoco estaban ahí. Pensativo, se llevó el ala al pico, mirando alrededor. Vio que una araña corría como loca para cazar una mosca que había caído en su tela, en un pino cercano, pero, a parte de eso, no había rastro de sus dos amigos. Alzó el vuelo y, al poco tiempo, no muy lejos de allí, divisó el pelaje algodonoso del conejo. Mientras descendía, se dio cuenta de que su amigo estaba tumbado y que no se movía. Alarmado, descubrió a la ardilla tirada de cualquier manera no lejos de él. El gorrión bajó en picado; su pequeño corazón latiendo desbocado.

Aterrizó entre la hierba y se acercó al conejo con las patitas temblando.

—¿Qué os pasa? —preguntó—. No es hora de echarse la siesta.

Pero por la forma en que estaban tirados de cualquier forma y con la lengua fuera, el gorrión sabía muy bien que sus amigos no estaban durmiendo. Se acercó al conejo y le picoteó el lomo.

—¡Despierta! —gritó.

Saltó hasta la ardilla e hizo lo mismo:

—¡Arriba!

Pero sus amigos no se movieron.

Al fin se convenció de lo que pasaba: la ardilla y el conejo estaban muertos. Se quedó paralizado ante aquel pensamiento y los ojillos se le llenaron de lágrimas conforme la tristeza se colaba como un ladrón en su pequeño corazón.

—No puede ser —lloró a lágrima viva, abrazándose cariñosa y desesperadamente al cuerpo del conejo.
—No podéis estar muertos —gimió lanzándose a zarandear a la suave ardilla.

Entonces escuchó que alguien se reía. Anonadado, buscó alrededor el origen de la risa. No había nadie en la hierba. Tampoco en las copas de los árboles. Vio un pequeño gusano que salía de una manzana.

—¿Te parece gracioso? —le preguntó el gorrión.

El gusano frunció el ceño y se metió otra vez dentro de la manzana, sin decir nada.

Las débiles risas se tornaron carcajadas. Vio que el conejo y la ardilla daban vueltas por el suelo desternillados de la risa. El gorrión los miró, la cara surcada de lágrimas, sin entender nada de lo que estaba ocurriendo. Sólo se quedó ahí, mirándolos, aturdido, como si estuviera soñando, contento de que sus amigos estuvieran vivos pero confundido porque hace un momento no lo estuvieran.

Un repentino fogonazo de comprensión se abrió paso en su cabeza: le habían gastado una broma. La alegría y la confusión de disiparon, dando paso a una cólera encendida.

—¿Cómo os habéis atrevido? —espetó el gorrión, empujando con fuerza al conejo.

Éste rodó por el suelo con el impulso pero le dio igual; tal era el ataque de risa que tenía.

—¡Me habéis hecho creer que estabais muertos! —increpó a la ardilla, pateándola con sus patitas.
—No entiendo cómo te lo has tragado —carcajeó el conejo.
—Jamás pensé que funcionaría —rió la ardilla.
—Sois tan crueles que creo que ya no quiero ser vuestro amigo —sentenció el gorrión.
—Vamos, no exageres —razonó el conejo.
—No es para tanto —afirmó la ardilla.
—Qué poco sentido del humor —a la vez dijeron.

El gorrión, enfadado, alzó el vuelo y se fue, dejando a sus amigos en el suelo. Mientras volaba recordó que ésas habían sido las palabras que él les había dicho a ellos cuando les gastó la broma del halcón, y entendió cómo debían haberse sentido entonces. Había sido una broma pesada, ahora lo veía.

Dio la vuelta y, con una cabriola, regresó junto a sus amigos. Aterrizó y se quedó inmóvil, mirando al suelo, sin decir nada.

—Lo siento —dijo débilmente.

No sabía que pedir perdón costara tanto.

—No hagas lo que no te gustaría que te hicieran a ti —dijo el conejo, abrazando a su amigo.
—Ponte en el lugar de los demás antes de actuar —dijo la ardilla, y se unió al abrazo.

Y así, abrazados, se quedaron los tres amigos bajo el manzano, con una sonrisa en los labios y perdón en el corazón.

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Fábula de la araña caprichosa

Había una vez una araña muy trabajadora. Tejió y tejió sin cesar hasta que tuvo terminada su magnífica telaraña. Era una verdadera obra de arte llena de geometría, casi invisible. Después se puso a descansar en el centro, muy quieta, atenta a todos los hilos para notar la más mínima vibración si caía alguna presa. Esperaba que por fin cayera una mosca, pues eran sus favoritas y hacía mucho tiempo que no cazaba ninguna.

No tardó en caer en la tela un diminuto mosquito. La araña, aunque decepcionada por no tratarse de una mosca, puso sus ocho patas a correr velozmente y llegó hasta él. Con su aguda vocecita, el mosquito le pidió clemencia:

—¡Por favor, por favor! —rogó el mosquito, llorando desconsoladamente—. ¡No me comas! ¡Te lo suplico! ¡Tengo huevos que alimentar! ¡Voy a ser madre!
—Lo siento mosquito —contestó fríamente la araña—, pero yo también tengo que comer. Seguro que a los animales a los que picas tampoco les das a elegir.
—¡Pero yo no los mato!
—No es nada personal —repuso la araña.
—¡No, por fav...!

El mosquito no pudo siquiera terminar la frase porque la araña lo envolvió con su tela. Le dio vueltas a toda velocidad, formando un diminuto capullo a través del que no se escuchaba su voz. Ahora la araña no tenía mucha hambre; prefería reservarse por si atrapaba alguna mosca. Ya se lo comería después si no. Así que se fue a descansar.

Al cabo de unos minutos los hilos de la telaraña volvieron a vibrar a causa de una bella mariposa que había sido lo suficientemente incauta para no mirar por dónde iba y había chocado contra ellos. De nuevo decepcionada por no tratarse de una mosca, la araña corrió para llegar antes de que su presa se soltara.

—Oh, qué desafortunado percance —señaló elegantemente la mariposa—. He caído en tu tela por accidente. ¿Te importaría ayudarme a salir?
—¿Qué? —La araña no podía creer lo que escuchaba. Sin poder evitarlo, se puso a reír a carcajadas.
—¿Se puede saber de qué te ríes? —preguntó la mariposa muy dignamente, sin entender dónde estaba el chiste.
—Ahora lo verás.

Dicho esto, la araña soltó tela sobre la mariposa, haciéndola girar en un torbellino con sus ágiles patas. En un periquete, antes de que la mariposa se diese cuenta de lo que estaba pasando, estuvo envuelta en un blanco capullo del que no podía escapar. Aunque ahora tenía más hambre por el esfuerzo que había hecho, de nuevo decidió aguardar por si atrapaba una mosca. Hoy estaba dispuesta a deleitarse con su manjar favorito. Se fue al centro de su telaraña y esperó pacientemente.

Pasó volando rauda una alegre luciérnaga. A la araña le extrañó porque las luciérnagas suelen salir a volar de noche. La observó atentamente para ver si caía en la tela, pero la esquivó ágilmente. Seguro que la había visto gracias a la luz que desprendía.

La araña caprichosaTras unas horas los hilos volvieron a vibrar. Esta vez era una mosca la que había caído en su tela. ¡Al fin! La araña no podía creer la suerte que tenía. ¡Hoy comería su plato favorito! La araña estaba frenética. Corrió como loca, más rápido que nunca, para alcanzar a la mosca cuanto antes. Tan rápido corrió que resbaló sobre su tela y salió volando por los aires. Cayó de espaldas al lado de la mosca, con tanto impulso que la tela rebotó, liberando a su presa. Luego los hilos que sostenían al pino la telaraña se rasgaron por el peso y ésta se hundió. Mosquito, mariposa, araña y telaraña cayeron al suelo hechos un amasijo blanco. La araña estaba atrapada en su propia trampa porque la red que se había formado era demasiado espesa.

—Vaya, vaya —se mofó la mosca ante la araña—. Mira quién ha acabado enredada en su propia tela.
—Espera a que me libere y te atraparé —gruñó la araña, tan hambrienta y llena de rabia que echaba espuma por la boca. Movía las patas a toda velocidad, tratando de deshacer la maraña que la envolvía—. No tardaré mucho.
—Claro, y yo soy tan tonta que voy a esperar aquí sentada —rió la mosca—. Pero antes de irme voy a hacer una cosa.

La atónita araña vio cómo la mosca caminaba lentamente con una mueca burlona en la cara. Llegó hasta el capullo del mosquito y, ayudándose de una aguja de pino, lo rasgó. El mosquito voló, libre. Después hizo lo mismo con el capullo de la mariposa. Los prisioneros se lo agradecieron encarecidamente y los tres se marcharon volando.

La araña lloró de pura rabia y pataleó con toda la fuerza que fue capaz. Sin embargo, sólo consiguió enredarse todavía más en la red. Estaba exhausta. Se sentía muy débil porque no había comido en todo el día. Se dio cuenta de que si no hubiera sido tan caprichosa y, en lugar de esperar hasta cazar una mosca, se hubiera alimentado con el mosquito o la mariposa, ahora tendría fuerzas para liberarse. Dándose por vencida, la araña dejó de menear las patas.

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Cuento de las dos hermanas

Érase una vez dos jóvenes hermanas que estaban muy unidas. Una de ellas no era muy agraciada, y con el paso de los años se le fue agriando el carácter debido al trato que recibía de los demás. Los niños se burlaban cruelmente de ella; los hombres ni siquiera la miraban. La otra hermana era muy bella y su carácter era risueño y jovial. Los niños la adoraban; los hombres le hacían regalos de vez en cuando.

A pesar de que las dos eran huérfanas y habían sufrido algunas calamidades, ambas hermanas habían enfrentado esa prueba de la vida de forma muy diferente. La hermana fea se sentía víctima de los dioses y vivía con pesar. La hermana guapa, en cambio, veía cada día como un regalo al que sus padres ya no tenían derecho desde que la muerte se los llevara. Además, estaba muy contenta, porque hacía unas pocas decanas había encontrado trabajo como camarera en una humilde posada. No le pagaban mucho y algunos de los clientes eran muy desagradables, pero estaba feliz de ganar algo de dinero con el que poder sobrevivir. Cuando se iba a trabajar, la fea se quedaba en la casa que les habían dejado sus padres, lamentándose de que su hermana la dejara sola. La guapa pasaba con ella todo el tiempo que podía, y al marcharse le decía que saliera a pasear para animarse. La fea no quería salir, se ocupaba de los quehaceres de la casa y hacía la comida.

Un buen día, después de que la guapa se fuera a trabajar, la fea pensó en las palabras de su hermana y decidió salir a dar un paseo. No se quedó en el pueblo, pues temía que los niños se rieran de ella y la llamaran fea. Tomó el camino del bosque que conducía a una plácida laguna. Mientras caminaba pensó en lo desgraciada que era.

Cuando llegó a la laguna se sentó en una peña a contemplar las aguas, abrazada a sus rodillas. Siempre le había gustado ese sitio porque le recordaba a sus padres. Le recordaba las veces en habían ido allí a nadar o a comer al aire libre. No era justo que sus padres hubieran muerto tan pronto. Se sentía tan desgraciada y tan sola. Al menos su hermana era guapa y graciosa, pero ella no tenía ni eso. No era justo que su hermana fuera tan guapa y ella tan fea. Estos pensamientos la llenaron de tristeza y se puso a llorar.

—Pobrecita. Estás tan sola... —dijo una voz.

La hermana fea buscó el origen de la voz, y vio que un hada revoloteaba por encima de las aguas, mirándola.

—¿Quién eres? —preguntó la fea.
—Soy el hada de los deseos —contestó la criatura, risueña.
—Márchate. Quiero estar sola.
—Bueno, sólo he venido porque te he oído llorar y pensé que necesitabas ayuda, pero ya veo que no quieres ayuda de nadie —espetó el hada.
—Nadie puede ayudarme —gimió la chica, entre lágrimas.
—¿Cómo lo sabes si nunca te dejas ayudar?
—Simplemente lo sé.
—Ah, ya veo lo que te pasa —dijo el hada dándose la vuelta, haciendo como que se marchaba.
—¿El qué?
—Lo siento pero, aunque soy un hada de los deseos, no puedo ayudarte. Tú misma lo has dicho. Me marcho, adiós.
—¡Por favor, no te vayas! —suplicó la hermana, poniéndose en pie y alargando la mano hacia el hada.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber lo que me pasa. Has dicho que lo sabías.
—Oh, eso. —El hada se llevó un dedo a la barbillita—. ¿Y por qué debería decírtelo? Has dicho que no necesitabas mi ayuda.
—Por favor —rogó la joven con los ojos llenos de lágrimas.
—Bueno, te lo diré. Pero sólo si prometes no ofenderte.
—De acuerdo.
—Es obvio que sufres un caso grave de fealdad. Eso es todo —soltó el hada con una enorme sonrisa de autosuficiencia.
—¡¿Qué?! —gritó la hermana al sentirse muy ofendida, como cuando los niños la increpaban por la calle.
—Prometiste no ofenderte. ¿Acaso además de ser tan fea no tienes palabra?
—Sí tengo —replicó la fea. Tuvo que morderse los carrillos para mantenerse callada y así cumplir su promesa.
—En ese caso continuaré. Ser fea hace que los demás te traten mal y por eso te sientes tan sola y desgraciada. ¿No es verdad?
—Sí, es verdad —afirmó la muchacha mirando al agua. Era totalmente cierto.
—Pero eso no es todo.
—¿Ah, no?
—No. Además, tu hermana es tan bella y los demás la quieren tanto, que eso te hace sentir aún más fea y desgraciada. Es como cuando ves un polluelo de pato. Te parece precioso. Pero cuando lo pones al lado de un cisne, salta a la vista lo feo que es en realidad.

La hermana fea pensó en las palabras del hada. Las lágrimas le mojaron las mejillas al entender lo que decía.

—Sin embargo, yo puedo ayudarte —afirmó el hada.
—¿De veras? —Los ojos de la fea se iluminaron, llenos de esperanza—. ¿Cómo?
—Soy un hada de los deseos, ¿recuerdas? Puedo hacer que un deseo se haga realidad.
—¿En serio?
—Completamente en serio. Soy un hada, ¿es que además de ser fea estás ciega?
—¡Puede que sea fea pero no estoy ciega! —chilló la hermana con los puños apretados—. Es sólo que no creía que las hadas fueran reales, y mucho menos que cumplieran deseos.
—Pues ya me ves. Soy real, no lo olvides. De todas formas —prosiguió el hada enarcando una ceja—, no es tan fácil cumplir un deseo. Lo cierto es que no tengo claro que seas capaz de hacer lo necesario.
—Sí lo soy —afirmó la fea, muy resuelta.
—Lo dudo mucho. Hay muy pocas personas capaces de hacer lo que tienen que hacer para ver su deseo hecho realidad.
—¡Yo soy capaz!
—¿Estás segura?
—¡Sí!
—No sé —dudó el hada, haciéndose de rogar—. Yo creo que no.
—¡Te estoy diciendo que sí! —gritó la hermana.
—Ya veremos.
—A ver, ¿qué hay que hacer?
—Un sacrificio —contestó el hada, muy seria.
—¿Un sacrificio? ¿Qué clase de sacrificio?
—En cada caso es distinto. ¿Cuál es tu deseo?
—Quiero ser guapa —contestó la fea.
—Entiendo... En ese caso, lo que debes hacer es traerme a una persona tan guapa como tú quieres ser. Y debe ser una persona a la que quieras de verdad.
—Pero... yo sólo quiero a mi hermana —dudó la fea.
—¿Lo ves? Ya sabía que no podrías. —El hada se cruzó de brazos.
—¡Sí que puedo! Pero ¿para qué la tengo que traer?
—Para que yo me la quede y así pueda cumplirte el deseo.
—¿Cómo que quedártela?
—Pues eso, quedármela. Para siempre. Es la única forma de que puedas tener la belleza que deseas. Tú te quedas la belleza de tu hermana y yo me la quedo a ella. Es un trato justo.
—No sé, es que no tengo a nadie más en el mundo. ¿No puedo traerte otra cosa?
—¡No! —explotó el hada—. ¿Es que no me has escuchado? ¿Encima de de fea eres sorda?
—¡No, no soy sorda!
—Pues lo pareces. Un deseo como el tuyo sólo puede cumplirse como te he dicho —repitió el hada en un comprensivo tono de voz—. Yo no hago las normas. ¿De dónde quieres que saque la belleza si no? Además, cuando seas bella ya no necesitarás a tu hermana, pues todos te querrán. Pero si eres una cobarde me marcharé y nunca volverás a verme. Sólo tienes que decirlo.
—¡No soy una cobarde! —gritó la muchacha, tan enfadada que la cara se le puso colorada—. ¡Lo haré! ¡Te la traeré!
—¿Sí? ¿Estás segura? Luego no hay marcha atrás.
—¡He dicho que sí! Te traeré a mi hermana.
—Está bien, un trato es un trato. Tráela a esta roca y, cuando esté cerca del borde, empújala y yo la cogeré. Adiós. Hasta que me la traigas —se despidió el hada llena de alegría.

Antes de que pudiera arrepentirse de lo que había dicho, el hada desapareció. La fea miró en todas direcciones, pero no la encontró. Volvió a casa llena de dudas, arrastrando los pies. Le pesaba mucho el alma. Llegó al pueblo y vio que había unos niños jugando delante de su casa. La insultaron, como siempre, llamándola fea. La ira la embargó y corrió detrás de ellos con los puños en alto para darles su merecido. Sin embargo, los niños eran más rápidos y los perdió en un callejón. Estaba volviendo a casa cuando oyó que alguien le decía algo. Se dio la vuelta y vio al herrero, que la miraba. Al reconocerla hizo como si no hubiera sido él y siguió su camino. El hombre murmuró lo fea que era pensando que no lo oiría, pero la muchacha lo oyó.

Estaba tan enfadada que echaba humo. Incluso notaba cómo le ardían las orejas. Se convenció de tenía que llevar a su hermana al hada de los deseos. Era lo que debía hacer. ¡No era justo que fuera tan fea! Cuando fuera guapa nunca más se reirían de ella. ¡Todos la querrían!

Al día siguiente la hermana guapa no tenía que ir a trabajar y la fea le propuso ir a comer al aire libre. A la guapa, aunque le pareció que su hermana se comportaba de un modo extraño, le encantó la idea. Casi no podía creer que su hermana quisiera salir de casa por voluntad propia.

Fueron a la laguna, cruzando el bosque, y tendieron un mantel sobre la hierba, al lado de una peña desde la que se podía ver todo el paisaje. La fea no dejaba de pensar en lo que se proponía hacer y apenas conseguía seguir la conversación, pero por más vueltas que le daba estaba convencida de que era lo justo. Comieron pan de canela acompañado de queso tierno y tortitas de azúcar con manzanas verdes, entre otras cosas deliciosas. Cuando terminaron, la hermana fea propuso que se sentaran en la peña descolgando las piernas para sentir el vacío bajo los pies y la brisa en la cara. Dejó que la guapa se acercara al borde primero y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, se le acercó lentamente por la espalda. Alargó las manos. El corazón le latía tan fuerte que pensó que le iba a estallar. Dio el último paso y, reuniendo todas sus fuerzas, la empujó.

La fea lo vio todo a cámara lenta, como si estuviera zambullida bajo el agua. Mientras veía cómo su hermana se deslizaba hacia delante, perdiendo el equilibrio, con el cabello rubio ondeando al viento, cientos de recuerdos se arremolinaron en su cabeza. Recordó cómo su hermana, de niñas, cuidaba de ella cuando sus padres no estaban en casa. Recordó cómo dormía con ella cuando tenía miedo las noches de tormenta. Se dio cuenta de que era su hermana quien iba cada día a trabajar a la posada para que las dos salieran adelante. Y todo lo hacía por amor. Su hermana la quería y ella estaba arrojándola a la laguna sólo para ser bella. Supo que así quizá conseguiría ser bella, pero jamás podría perdonárselo. Sería bella, pero se odiaría a sí misma para toda la vida.

Entonces se arrepintió.

Antes de que la hermana guapa cayera al vacío irremediablemente, la fea dio una zancada al frente y la asió por el brazo. Tiró con todas sus fuerzas para alejarla del borde de la peña pero, al hacerlo, la fea salió despedida hacia adelante. El impulso era demasiado fuerte y se vio arrastrada al vacío. La guapa cayó sobre la roca y, cuando miró, vio cómo su hermana desaparecía por el precipicio. Alarmada y con los ojos desbordados de lágrimas, la guapa se asomó por el borde y vio que su hermana sonreía como nunca la había visto sonreír. No entendía lo que pasaba, pero supo que su hermana era feliz.

La guapa trató de recordar la manera más rápida de bajar al agua para ayudar a su hermana. Sin embargo, cuando volvió la vista abajo, ya no estaba. Había desaparecido. Pero no había caído al agua, pues estaba todavía en calma. Entonces apareció un hada que, volando, se le acercó.

—¡Maldición! —dijo el hada—. Bueno, no era así como lo había planeado, pero me tendré que conformar, ¿no te parece? Un trato es un trato, así que te daré lo que le había prometido a ella.
—¡¿Quién eres tú?! ¡Devuélveme a mi hermana! —exigió la guapa al darse cuenta de que esa criatura tenía algo que ver con todo lo que había pasado.
—Lo siento, pequeña. Un trato es un trato y ya no se puede hacer nada.
—¡¿Qué trato?! —preguntó, anonadada, la muchacha.
—Soy un hada de las pesadillas. Tu hermana deseaba ser bella, y para ello estaba dispuesta a entregarte a mí para siempre. Pero parece que en el último momento se arrepintió. Una lástima.
—¡Devuélvemela! —reclamó la guapa con cólera.
—Te daré lo que le había prometido a ella: su belleza o, en este caso, su horrible fealdad —se rió el hada. Era una risa malvada.
—¡¿De qué estás hablando?!

El hada no contestó. Estiró los brazos en el aire y un haz de luz oscura brotó de su ser, impactando sobre la joven, que quedó cegada unos instantes. Cuando el brillo se extinguió, vio que el hada la miraba con cara de sorpresa.

—¿Cómo es posible? ¿Es que hoy no va a salirme nada bien? —se dijo a sí misma.
—¡Baja aquí! ¡Te exijo que me devuelvas a mi hermana! —lloró la guapa.
—¿Por qué no te has vuelto fea? ¡Deberías ser tan fea como tu hermana! —exclamó el hada, muy enfadada. De repente, por la expresión de su cara pareció que había entendido algo—. Oh, ya veo. Ha sido el sacrificio.
—¿Qué sacrificio?
—¿Es que no entiendes nada? Tu hermana se ha sacrificado por ti, jovencita, y ese acto de bondad le ha permitido cambiar el deseo. En lugar de desear intercambiar su belleza por la tuya, ha deseado protegerte para siempre. ¡Maldita sea!

CascabelEl hada desapareció en un remolino furioso y la joven, al quedarse sola, se deshizo en lágrimas. Había perdido a su hermana, la única familia que le quedaba. La muchacha se dio cuenta de que tenía un cascabel en el cuello que antes no estaba ahí. De alguna forma supo que, siempre que estuviera en peligro, el cascabel sonaría para avisarla. Era su hermana, que la protegería siempre. La muchacha sintió que dentro del cascabel estaba encerrada el alma de su hermana. Lo acarició, y lloró.

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